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domingo, 2 de febrero de 2014

Editorial LaOtraVoz 35

Editorial Semanario LaOtraVoz Nro. 35
(433 de Acción Informativa)
Al amigo Eduardo “Gordo” Pereira
Por Miguel A. Olivera Prietto
El domingo 26 de enero falleció mi amigo Eduardo Ariel Pereira Rocha, casado con Estela, padre de Eduardo, Diego, David, Lucía y Elida.
Uno no espera una sorpresa de ese tipo, porque no cree que la muerte pueda escabullirse entre las personas, y ensañarse con alguien que aún tienen cosas por hacer. Sin embargo, suena tonto reflexionar sobre la muerte, cuando todos tenemos la experiencia de la pérdida, y sabemos que es ineludible.

Sin embargo quiero referirme a Eduardo, “el Gordo” Pereira, no solamente porque fuimos amigos, sino porque él representa algo bueno, a pesar de toda su vida.
Fuimos compañeros de clases en el liceo, en lo que antes llamábamos preparatorios y que en realidad siempre fue bachillerato (años 1973 y 1974) Ahí lo conocí. Recuerdo que vivía en una pensión de Ituzaingó casi 18 con su hermano Rodolfo, donde también vivía Carlos quien luego fuera mi cuñado. A veces se juntaba la barra allí, pero después yo me lo llevaba para mi casa, donde formábamos un grupo de estudios. En aquellas “materias” que eran mis fuertes, como biología, química, literatura, filosofía, nos hicimos amigos.
Oriundo de Paso Hondo, Eduardo tenía un concepto de familia que era notable, y permanente iba a visitar a los suyos, pero también supo ser un extraordinario camarada. Es así que nos convertimos en amigos del fútbol, de estudios, de campamentos en San Gregorio, de dejar correr la juventud juntos esperando vaya a saber qué de la vida.
Con Eduardo teníamos un diálogo humorístico por lo absurdo, constante. Un día el “Gordo” Pereira entró al patio de mi casa justo cuando mi hermana Chiqui estaba poniendo unas viejas biromes para sostener mudas replantadas, entonces Eduardo no tuvo otra ocurrencia que preguntar si estaba haciendo almácigo de birome. El chiste se escapó para las tres hectáreas de perejil, o las 10 hectáreas de orégano, o la sombra de la lechuga para tomar mate. Pero no se escapó para hacernos reír en aquella época, sino que ese chiste se transformó en una genial manera de relacionamiento entre él y mi familia, que duró toda la vida. Era inevitable entonces cuando nos encontrábamos en cualquier lugar, preguntar qué tenía plantado en ese momento, y siempre un disparate nos hacía reír.
Luego de los años del liceo nos separamos, así como se separó toda la barra y cada uno buscó destinos inciertos. Casamientos, carreras, trabajos, idas lejos. Es que los amigos de la juventud siempre se separan, pero es posible que sea como cuando una vez, pasados muchos años de aquella época, me dijera Tony Carro, “no importa que hayan pasado los años, volver a juntarnos es como sintonizar el dial de la radio, siempre en la misma onda”, y así sucedió con otros amigos, como con el “Gordo” Pereira.
Sé que Eduardo pasó las mil y una para poder sostener a su familia, y por momentos le fue bien, por momentos mal. Tuvo empresa, la perdió, salió a comprar cueros, vendió y compró de todo, buscó oportunidades, trabajó siempre. No sé cómo le fue con exactitud, porque en la guerra por el sustento muchas veces uno queda en falso, sin embargo el “Gordo” Pereira siempre parecía resurgir después las vicisitudes. Me enteraba que le había ido mal, y de pronto aparecía en una esquina manejando una camioneta cargada de mercadería, y por supuesto, tocando bocina, o haciendo señas ampulosas, como que yo hacía algo mal al volante, siempre en broma, por supuesto.
Estela, su señora, me decía el otro día en su velorio en la Empresa Briz, que cuando no tenían nada, allá salía Eduardo a hacer algún negocio, por pequeño que fuera, y volvía siempre con la comida. Así la vida, la búsqueda del peso como si fuera una cruz.
Eduardo no era un tipo sencillo, tenía complejidades extraordinarias que lo hacían distinguir entre otras personas. No fue un estudiante brillante, pero lo compensaba con su voluntad, con su bondad, con su infatigable búsqueda de superar obstáculos.
El humor por lo absurdo no es para cualquiera. Divagar en imposibilidades como si fueran ciertas, señalaba un punto de inteligencia emocional que lo distinguía verdaderamente. Como sostener que tenía un patio de 500 hectáreas todo plantado de papas, y que le hacía agujeritos en la tierra para que las papas respiraran.
Hombre de familia, supo que debía sostenerla y hacer lo que fuera por encontrar soluciones. Aún recuerdo nuestras charlas en la previa a la primera vez que ganó Wilson Ezquerra la Intendencia de Tacuarembó, cuando él vivía en Dr. Ivo, y me decía que el país tenía que encontrar una salida por la izquierda, y yo conversaba con él, le daba mis opiniones, pero no me atrevía a forzarlo. Era mi amigo.
Hasta que el mismo día de las elecciones departamentales, lo vi en su auto con carteles de la 50 trasladando gente, y cuando nos cruzamos ese día un par de veces, él me miró y agachó la cabeza, como resignado. Sinceramente no me importó, pues siempre fue mi amigo.
Pocos días después fue a mi casa con explicaciones, y yo no podía pretender que me las diera. Pero igual me dijo que Wilson le había prometido una vivienda del complejo T15, y que trabajara para él en la campaña electoral y que contara desde ya con su nueva residencia. Yo lo único que le contesté es que le había mentido, que las viviendas iban a ser adjudicadas luego de determinados trámites, que era costumbre engañar a la gente para conseguir el voto… pero él se aferraba a la promesa “me anotaron en una libretita”, me dijo.
Obviamente el tiempo pasó y jamás le dieron la vivienda prometida, como jamás lo recibieron en el despacho del intendente para poder reclamar. Por eso pienso que otra cosa que lo caracterizaba en la bondad de Eduardo, era una actitud ingenua frente a determinadas situaciones, con las que se sorprendía, por tener una concepción del mundo en la que ubicaba siempre a su familia en el centro.
Cuando ocurren muertes como la de Eduardo, uno parece no sostenerse tanto en este mundo, y nos sentimos más frágiles que antes. Somos, sin dudas, minúsculos seres en medio de un vendaval.
Es que su muerte me ha regresado en el tiempo, me ha mostrado la vida que he transitado, los sinsabores, algunas alegrías, el tiempo criando hijos, la lucha por sostenernos sin claudicar. También en eso fuimos como hermanos, porque él transitó momentos muy duros para sostener la familia. Seguramente el “Gordo” Pereira me recuerda épocas difíciles, que las soportábamos peleando y nos convertía en inigualables. 
Lo vi muerto el otro día, pero ya no era él. El “Gordo” era la broma, el saludo, la pregunta por la familia, la charla, el trabajo con el “pulpo”, su hijo, al lado casi siempre. El “Gordo” era la vida.

Cuando me enteré de su muerte, lloré, no pude contenerme. Es que sentí de pronto que una parte buena de mi vida, también se había muerto, con él.

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