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domingo, 18 de marzo de 2012

Nº340

Montados en partículas solares vamos hacia…
Otro fin del mundo…
Por MAOP
El 27 de enero pasado, una ráfaga solar clase X1.8 alcanzó su punto máximo a las 19:37, hora de Uruguay, generando una tormenta de partículas con posible desprendimiento de plasma de la corona del Sol. La NASA explicó que esas partículas viajan a más de 1.500 kilómetros por segundo, y aunque no se dirigen a la Tierra, podrían provocar ciertas alteraciones en la magnetósfera.
Una parte de esas partículas, que tienen carga eléctrica, llegan a nuestro planeta y son atrapadas en las líneas de campo magnético de la Tierra, moviéndose, según su carga, por esas líneas, concentrándose en el ecuador girando alrededor del planeta, a este fenómeno se lo denomina “corriente de anillo”.
Existen antecedentes de afectaciones a nuestros tendidos eléctricos durante tormentas solares, como un apagón masivo en Quebec en 1959, o una sobrecarga ocurrida en 1940, en la cual, el cable que cruzaba el Atlántico entre Escocia y Newfoundland registró una tensión de 2.600 voltios.
Estas tormentas que se repiten por períodos regulares, son parte de la naturaleza del Sol. Consideran los científicos,  que la que ocurre en estos días, cuyo punto más alto se espera para marzo de 2013, es la menor de los últimos 80 años.
Existen contradicciones entre los investigadores, para las predicciones de lo que sucederá. Sin embargo, no se espera que ocurran hechos que puedan afectar la vida de las personas. Pero, estas cuestiones de las que ni siquiera los científicos están seguros, cuando llegan al imaginario popular, en una suerte de interpretaciones mayores que la tormenta de partículas, alcanza ribetes sumamente divertidos, o tragicómicos. Es que escuchar todas las conjeturas que hacen los neófitos científicos de pueblo, si ya de por sí son delirios, yo imagino que aprovechado por un escritor como Gustavo Espinosa (treintaitresino, autor de Las arañas de Marte y Carlota podrida), podría lograr una novela de una ironía espectacular.
Si a esto le sumamos, los sordos oídos de los apocalípticos ciudadanos que no quieren escuchar que el fin del mundo de los mayas, previsto para el 21 de diciembre de 2012 es una chantada, entonces los divagues sobre nuestra vida futura se transforman en dramáticas conclusiones de los crédulos, arrastrando a muchos a las más diversas fantasías, y algunas veces, quizás los más débiles, los arrastra al desaliento y a la neurosis.
Desde el año 1000, hubo ya por lo menos cincuentaiún fines del mundo. Ideas del regreso de Cristo, alineamientos planetarios, el cometa Halley, invasión de extraterrestres, el error del milenio (en el 2000), y mil cosas más, hasta una campaña de Shelby Corbett, una supuesta teóloga, que anunció que en el 2007 se terminaba el mundo, y luego fue descubierto que había inventado la teoría para vender sus libros. O el caso de los testigos de Jehová que en varias oportunidades anunciaron el fin, y cuando no ocurría, explicaban que Jehová había derrotado al Diablo en el cielo. Por suerte esta vez los mayas han aclarado que en sus predicciones no dice que el mundo se termine, pero una vez que se ha lanzado la idea, ya el público no escucha y varios están esperando “con curiosidad” al 21 de diciembre.
Es que el pensamiento colectivo apocalíptico siempre ha estado presente en la humanidad. El fin del planeta, o el fin de la humanidad, han tenido miles de excusas premonitorias: diablos, demonios, dragones, hecatombes, la tierra abierta, planetas alineados, Cristo, Nostradamus, el holocausto nuclear, la tormenta de partículas solares, los mayas… y a pesar de sus fracasos (la humanidad sigue viviendo), los sectores populares vuelven a creer una vez más en el fin, en la muerte colectiva, en la nada futura.
El domingo 30 de octubre de 1938, por la tarde, Orson Welles interpretó radialmente “La Guerra de los Mundos” de Hebert George Wells, en Estados Unidos, desde el Theatre on the Air, en New York. “La Guerra de los Mundos” es una novela que cuenta una supuesta invasión de marcianos al planeta Tierra. La emisora había pasado el informe del tiempo, y supuestamente había comenzado un programa musical con una interpretación de nuestra “Cumparsita”, pero de pronto se interrumpió la melodía e irrumpió Welles con su impresionante voz, diciendo que estaban trasmitiendo desde el techo, y que la invasión estaba ocurriendo. Esa historia que terminaba con la muerte del locutor, fue creída como cierta por mucha gente que volvía de sus paseos domingueros, convirtiendo a Estados Unidos en una jornada de histeria colectiva, que según aseguraron medios de la época, hasta ocurrieron algunos suicidios.
Hace unos años en Montevideo se hizo un experimento, en el que en algunos puntos clave de la capital, algunas personas contratadas por una empresa de marketing debían decir a la vez una historia que era por demás curiosa. Se relataba que en una iglesia (no se decía cuál) una pareja se casaba, cuando de pronto el novio se daba vuelta y decía que no se iba a casar porque ella, su novia, la noche anterior se había acostado con su mejor amigo (tampoco se decían los nombres de las supuestas personas). La historia no se podía decir por radio, ni usar ningún otro medio que no fuera el “boca a boca”. El resultado, luego de 12 horas, fue que todo Montevideo conocía la noticia, llegando a diferentes lugares de la capital en diferentes versiones. En algunos casos le habían agregado la iglesia, en otros los nombres, habían matado al padre de un infarto, le agregaron trompadas, etc., etc.
La tormenta de partículas solares, que nadie sabe de qué se trata, y el fin del mundo de los mayas, que nadie sabe de dónde salió, han provocado un estado de alerta en sectores importantes de la población, sin tener a priori la menor idea si pudiera ocurrir alguna catástrofe, pero que le dan forma a un pensamiento recurrente que en lo personal siempre tuve, de que los pueblos son mucho más frágiles de lo que se presume.
Esa fragilidad ha sido pasto para misioneros millonarios, vendedores globales y políticos como Adolf Hitler, u otros líderes, dioses de pies de barro, o para cualquier chanta barato de palabra fácil y promesa rápida de pueblo. De esos que en Tacuarembó sobran… y a nivel nacional, mucho más.

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