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lunes, 30 de enero de 2012

Nº339

Editorial:
Los “nuevos uruguayos” y el pardo de la rambla
Por MAOP
Sentados en la rambla montevideana, una tardecita de éstas, calurosa pero con viento del Río-Mar de la Plata, nos entreteníamos con Ana, tomando mate, charlando de los mil temas que tenemos, dejando correr la hora y pico en un tiempo que no se considera por lo bueno, que se deja pasar de largo.
Frente a nuestro banco empotrado de frente al río, miles de montevideanos impecables y de sudor medido, cruzaban ante a nosotros con ropas deportivas de marcas reconocidas y reconocibles, seguramente aflojando el estrés de sus días, o caminando por sus respectivas saludes, o por sus estados físicos.
No podíamos dejar de comparar nuestros kilitos de más, con el estado atlético de la mayoría de ellos, quienes delataban que esa actividad la desarrollaban siempre, y que esa rambla, tan montevideana, se convertía en un lugar de privilegio, conquistada por ellos.
Fue inevitable distinguir entre el gentío de deportistas de múltiples edades, un pardo cuarentón y evidentemente pobre, que venía de pantalones arremangados, con pinta bien del interior, con buzo atado a la cintura y con el pelo mal cortado y mal afeitado. Digo que fue inevitable, porque al venir por el medio de la vereda de la rambla, muchos deportistas al verlo procuraban pasar lejos de él. Tres mujeres que iban de frente llegaron casi a tropezar con el murallón por alejarse sin disimularlo demasiado, y al cruzarlo, no pudieron evitar voltearse y mirarlo como bicho raro, o al tipo diferente que no cuaja en la selección de esa gente montevideana, que acuñó un estilo y se lo impuso para reconocerse entre sí.
 Me recordó esa situación una nota realizada a Gustavo Leal en Brecha del 13 de enero, en la que, en el marco del análisis del crecimiento del Uruguay, comentó que “cuando las sociedades se desarrollan rápidamente hay sectores dinámicos que exigen poner límites a los sectores que no se enganchan”. Supongo que tiene que ver con la discriminación a un tipo vestido pobremente, es decir, diferente al estándar del lugar. Para mejor aclaración, no le vimos indicios anormales. Es más, podría ser cualquier tipo que cruzando los puentes de Paso del Bote, no llamaría la atención a ningún tacuaremboense.
Quiero referirme al concepto del “nuevo uruguayo”, tipo cuyo perfil debió estar presente en muchos de los que vimos en la rambla, o que podemos descubrir en sectores importantes de las poblaciones de Tacuarembó o Rivera, o cualquier lugar del país.
En el último Brecha, Daniel Erosa escribió una nota “Cambio ahorro por placer inmediato”, Gustavo Leal escribió otra a la que llamó “Chau, país llorón”, y a nuestro coterráneo tacuaremboense, Sandino Núñez, le fue publicada una nota a la que el semanario llamó “Usted sigue siendo la misma nada que era antes” (que Acción Informativa publica aparte en su totalidad), todos sobre este nuevo paradigma moderno del “nuevo uruguayo”.
Emiliano Cotelo en su programa de El Espectador, “En perspectiva”, analizó, este martes pasado, estas notas que dan una mirada hacia este hecho, por ahí discutible, de la aparición al nuevo modelo del uruguayo del que Erosa en Brecha dice:  “en este nuevo paquete del nuevo uruguayo viene la impaciencia, la conducta de cliente en lugar de ciudadano, la prepotencia del que pago y mando, el alarde de no haber leído nunca un libro, cierta falta de consideración por el otro y cierto sentido berreta de la libertad individual”
En el programa de Cotelo, se analizó el crecimiento económico uruguayo a las cifras del 6%, cifra inédita en nuestra historia económica, y que ha provocado que en las encuestas nacionales ya no sea el económico el principal asunto al que la población exige que el gobierno resuelva, como tradicionalmente pasó en nuestro país, sino que ese tema fue desplazado por la seguridad, la salud y la educación. Esto significa que la cuestión económica parecería estar bien.
En el análisis, dijeron que es la primera vez en la historia uruguaya que la economía creció tan rápido, dándose niveles de confianza en los consumidores como nunca antes. Con ironía comentaron que muchos uruguayos ahora quieren un nuevo plasma, o un viaje a Miami, o un par de championes de marca, y que no les interesa ni la solidaridad de la izquierda de los 60, ni el socialismo, ni la utopía del “hombre nuevo” del Che Guevara.
Si bien hay sectores rezagados, los números indican que ha retrocedido la pobreza, y que los niveles de consumo han aumentado en casi todos los estamentos de la sociedad.
En esta situación, el “nuevo uruguayo” sería el tipo que ha aprendido a ser optimista, y hechos como los triunfos de la selección uruguaya de fútbol, ha provocado un cambio sicológico del que todo es pequeño o malo o imposible, a que todo es posible, y que si uno se lo propone gana, etc…
Muchos hombres y mujeres han cambiado, ahora tienen información de cuestiones de su interés al instante, es una población que se formó en democracia, y en este auge económico y en un marco de mayor confianza, permiten que se sea más optimista.
De esa forma, estamos en presencia de un uruguayo que cambia el ahorro por un placer inmediato, y esa cuestión convierte a este “nuevo uruguayo”, en un prisionero de la inmediatez, en un tipo que compra lo que le imponen, que satisface sus gustos lo más pronto posible, sin sentir la culpa que se tenía antes de no comprar ni alardear con lo que la inmensa mayoría de la gente no podía.
Sin embargo, frente a este aluvión de opiniones, pienso nuevamente en el pardo que desafió a los deportistas de todas las edades cruzando su uniforme de pobre por la rambla montevideana, y creo que queda en el análisis un país afuera, disfrazado detrás de los números del gobierno, y que para nada son “nuevos uruguayos”. Quizás sí sean los pobres de siempre.
Los días lunes y martes de esta semana estuve nuevamente en Montevideo y mi intención fue visitar a mi amigo Walter López, un gran compañero sindicalista que está con una grave enfermedad, internado en una mutualista capitalina. Con Walter hablamos en otros términos, él analiza otro Uruguay. Walter habla de sus compañeros trabajadores de toda la vida, de los tipos que ganan 10mil pesos por mes y no son pocos. Habla de los miles de tipos que no pueden consumir plasma, ni adornan sus lenguajes con aditamentos extranjeros, ni sueñan jamás con pisar un avión dirigido a cualquier país del mundo. Están en Tacuarembó, en Rivera, y son muchos más que los grandes consumidores que sueñan con el primer mundo impuesto en las galerías de los shopping.
Walter fue un laburador de toda su vida, y en cada trabajo que estuvo, ya fuera en la naranja de Salto, o en la forestación, o donde recalara, organizaba a los trabajadores para defender sus derechos. Nadie mejor que Walter para hablar de ese Uruguay que se pretende esconder con cifras notables y con consumos inéditos de innegable lectura, como los 55mil autos cero kilómetro vendidos durante el 2011 en nuestro país.
Es imposible negar que la vida de los pobres ha cambiado, y que muchos de ellos se convirtieron en obreros y ahora arriman un sueldo a su hogar, que sumado al de la patrona y al de algún gurí grande, hacen que la vida mejore, y que haya comida en la mesa cada día. Pero no sueñan con grandes maizales, como dice el dicho. Son familias con serias limitaciones y el dinero no les alcanza para acceder al consumo constante, ni al crédito que adelantara el bienestar el día del capricho, ni se disfrazan de actores de televisión, ni tienen posibilidades de mandar a sus hijos a cursos de formación para buenos trabajos, ni a la educación terciaria, ni se imaginan un mundo fuera de las calles de su pueblo.
En Tacuarembó tenemos gente que hace deportes por calles de la ciudad, caminando con equipos deportivos comprados en ferias, pero sin alardes de ningún tipo.
Por eso, mirando el mundo desde otra óptica, no me podría imaginar a un cuarentón de la rambla montevideana, tipo metrosexual, vestido con ropas Nike, de championes Puma de 4mil pesos, con una botellita de agua y un MP4 enganchado en los oídos, cruzando raudo por la calle principal de algún barrio de Tacuarembó, sin que salieran los vecinos a mirarlo con cierta curiosidad.
Sin discriminar ni al pardo ni al metrosexual, es indudable que hay más de un país que no se conoce demasiado entre sí, como si fueran dos mundos paralelos en momentos históricos diferentes. Para Ana y para mí, dos testarudos de cabeza llegados a la rambla desde el interior del país, es imposible no distinguir esos dos países enfrentados, representados por el pardo pobre que se atrevió a romper las reglas, y los deportistas capitalinos.

1 comentario:

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