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lunes, 30 de enero de 2012

Nº338

Editorial:
Censistas fueron “el último orejón del tarro”
Fracaso del censo
Por MAOP
Se decretó terminar con el censo. Así, con los datos conseguidos, se decretó poner los números logrados y mandar al carajo todo lo que se hizo mal. Es que todo se hizo mal.
Tomando mate con Ana en la rambla de Montevideo, pocos días atrás, una pareja se reía mientras conversaba con otra comentando que a ella jamás la habían censado (ya se había terminado), y agregaron críticas a la ineficiencia del trabajo. En Tacuarembó pude hablar con personas que no fueron censadas hasta hoy, y no se han molestado en llamar a los números telefónicos que dieron para enmendar los “horrores” del trabajo.
De todas formas, hay números gruesos que nos dicen que muchos pueblos chicos del interior de los departamentos, como Laureles, se están muriendo. La campaña está siendo arrasada por los macro agro negocios, y una cultura rural fenece, transformándose continuamente en cinturones de ciudades también pobres.
Pero de las primeras cosas que llamaron la atención fue saber que en Tacuarembó había disminuido la población, que de 90.489 personas que teníamos en el 2004, en el 2011 tenemos 89.993, a pesar del afincamiento de mucha gente en una ciudad que ha tenido un repunte económico innegable. Quizás la razón es que haya muerto más gente de la que nació, sin embargo estadísticamente no es así.
Esteban Valenti, un tipo que no es de mi agrado, escribió un artículo al que llamó “El censo de la ineficiencia y de las preguntas”. Leyéndolo, es casi imposible no compartir lo escrito, sobre todo, cuando utiliza el sentido común para analizar las cifras que resultaron de cuatro meses de ineficiencia pura, que miradas como las miró Valenti en UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias, terminan siendo irrisorias.
Valenti llama a responsabilidad al Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y realiza consideraciones sobre los “horrores” del censo 2011 en la primera parte de su nota, pero al final hace algunas reflexiones utilizando datos, que chocan con el razonamiento lógico de cualquier ciudadano.
Valenti escribió: “Ahora entremos en el segundo aspecto de este complejo problema: los resultados del Censo. Lo confieso, no me resultan confiables, me sirven como grandes tendencias pero en lo fundamental tiene demasiados puntos oscuros.
Tomemos el principal, la cantidad de habitantes del Uruguay: Según el censo del año 2004 vivían en Uruguay 3.241.003 habitantes, y según el censo del 2011 somos 3.251.526 habitantes. En 7 años aumentamos 10.523 habitantes, lo que equivale a un aumento anual de 1.500 personas,  un 0.05%.
Estas cifras surgen de un Censo, es decir de visitar – se supone – a todos los domicilios existentes en el país y relevar cuantas personas viven en esas residencias. Diferentes son los datos sobre nacimientos y fallecimientos. Estos surgen de los registros reales, concretos y legales que se llevan en el país.
Anualmente en el Uruguay hay aproximadamente 38.000 fallecimientos y unos 50.000 nacimientos, es decir que hay aproximadamente 12.000 personas más por ese simple proceso. En siete años, desde el 2004 al 2011 tendrán que haber 80.000 personas más viviendo en Uruguay. ¿Dónde están los 70.000 que no aparecen en el censo?
Hay una sola posibilidad: emigraron. Desde hace 3 años y basados en los datos de la Dirección Nacional de Migraciones (DGM) la tendencia de los últimos 40 años de que se iban más uruguayos de los que regresaban al país se invirtió y hoy hay más uruguayos que regresan que los que emigran. No es una suposición, una encuesta, son datos con nombre y apellido de los movimientos en los aeropuertos, puertos y puertos de frontera.
Otro elemento, la misma DGM nos informó hace poco que en los últimos 3 años se instalaron en el Uruguay 2500 extranjeros que solicitaron la residencia en el país.
En las elecciones nacionales del 2004 votaron 2.229.611 ciudadanos, en las elecciones del 2009 el número de votantes fue de 2.330.336, en 5 años hubo un aumento de 100.725 votantes!!!
¿De dónde salieron esos 100 mil votantes de más en cinco años? ¿Vinieron del exterior? No, y mil veces no. Viajaron más uruguayos del exterior a votar en el año 2004 que en el año 2009. Si la población total no aumentó no hay ninguna explicación posible al aumento de los votantes y de los inscriptos. Ninguna. A menos que los únicos que emigraron en el período 2004-2011 (entre los censos) hayan sido “no votantes”. Imposible.
Otro elemento, los inscriptos en el registro electoral: en el año 2009 eran 2.563.250, en el año 2004 los inscriptos eran 2.487.816, en 5 años aumentaron 75.434 los ciudadanos inscriptos. ¿No es obvio que de algún lado salieron esos 75.534 inscriptos nuevos? Y si eso sucedió en cinco años, es obvio que en 7 años el aumento tendría que ser mayor.
No hay un número que me cierre. Aumentaron los votantes en 100 mil en 5 años, los inscriptos en 75.000 mil en el mismo periodo y los habitantes en 7 años solo aumentaron en 10.000. Que alguien lo explique.
Frente a esta “razonable” confrontación de números del censo con la realidad de los hechos, uno intenta pensar dónde falló el trabajo que se prolongó durante 4 meses.
No sé si se analizó, pero para mí que tengo experiencia en marketing directo (trabajé en ello durante muchos años), conozco el trabajo en la calle y la respuesta, tanto de la gente que recibe a alguien en la puerta, como al que anda en la calle trabajando. Y se me ocurre pensar que hubo una falla que no ha sido aquilatada aún.
Es posible que el plan para censar a la población uruguaya haya sido bien estructurado. Cada censista tenía una pequeña computadora que se conectaba directamente con una central, y los datos caían directamente, alimentando en forma automática la central de INE. Sin embargo, el gran error que cometieron, desde nuestro punto de vista, fue la gente en la calle, mal pagada y sin demasiado apoyo.
Se calculó que cada censista debía hacer 250 hogares y se le pagaba 45 pesos por cada uno. Es decir, que si un censista hacía esa cifra en un mes, ganaría 11.250 pesos, pero fue imposible hacerlo en un mes. Las personas inscriptas para el censo iban una y otra vez a varios hogares y no encontraban a la gente, prolongándose su trabajo mucho más de lo esperado. Es decir, que esos 11.250 pesos calculados para un mes, se estiraron a dos, tres o más meses, y uno se pregunta si un joven estudiante, o cualquier persona querría andar en la calle, por lugares que no conoce frente a gente desconocida, ganando 3mil pesos al mes, gastando su ropa, su tiempo, o en el caso de ciudades más grandes, boletos y demás.
En censos anteriores se le pedía a la población que no saliera de su casa, y un ejército de funcionarios públicos se volcaba a las calles a recabar los datos, consiguiendo de forma artesanal una foto del país en un tiempo calculado y breve. Este trabajo llevaba más tiempo, meses, para meter toda esa información en una planilla madre y poder evaluar la situación del país.
Sin embargo en este caso se tercerizó el censo y se contrató una empresa privada para recabar la información, y fue esta empresa, de acuerdo con INE, quienes determinaron qué ganaría cada censista en la calle. El 14 de enero de 2011, el Poder Ejecutivo, por Resolución P/874, contrató a la empresa Stavros Moyal y Asociados S.R.L. para suministrar los “recursos humanos” (como se le dice a la gente trabajadora últimamente), y su control. La empresa cobró al Estado el dinero que debía pagarle a cada censista, y se calculó que el censo se haría en un mes con opción a otro.
Es decir, que como muchas cosas, y con estas cuestiones tan liberales (para los negocios), todos se olvidaron de las personas que iban a hacer el censo. Es así que quien debe haber ganado una fortuna es la empresa, pero para los que anduvieron en la calle fue una verdadera tortura, con un cúmulo de deserciones, de frustraciones y de trabajo mal realizado. En resumen, el censista fue el último orejón del tarro, como un factor de recambio y deshecho, del que nadie se ocupó.
Seguramente que de toda la cadena de trabajo el INE debe haber llegado en su planificación previa a la empresa tercerizada y se desentendió, por así decirlo, de cómo se llegaría a las casas de todos los uruguayos, así como se desentendió de las necesidades lógicas de las miles de personas que salieron a trabajar. Ahí estuvo el gran error, pues cada persona en la calle debió tener las garantías de una buena remuneración, y de mucho mayor apoyo. En lo personal, con años de experiencia de venta directa, estoy convencido que lo que falló fue el control de la gente en la calle y el respaldo a ella, tanto económico, como de información o de respaldo profesional.
La tercerización se ha vuelto un negocio muy lucrativo, que muchas veces alimenta irregularidades y no da garantías de buena gestión.

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