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Bienvenidos al blog del Semanario LaOtraVoz de Tacuarembó (ex Acción Informativa).


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sábado, 17 de diciembre de 2011

Nº 335

Editorial
Lo que embroma es el silencio
Por MAOP
Si uno escucha bien y mira bien todo lo que se dice, se escribe o se muestra en Tacuarembó, difícilmente se vea el Tacuarembó que pretendemos mostrar desde Acción Informativa.
Sobre el fin de año las reuniones se repiten, y el goce de las comidas y bebidas confunden los intereses, entre abrazos y risas, de personas que manejan casi nada de espacios de poder, y otras que cortan el lado jugoso de la presa.
Tacuarembó es una sociedad extraña, plagada de anécdotas que se cuentan como folklore local y que van alimentando la historia conveniente, pero también de historias que no se cuentan, que se intentan enterrar, como el lado oscuro del pueblo, que mueren en el silencio.
Cuántos prohombres de nombres de calles de barrios hicieron sus capitales entre gallos y buenas noches, e integraron comisiones honorables para ser nombrados como los hacedores del bien.
De todo aquello viejo, a esto de hoy, no ha cambiado tanto, aunque quizás ha empeorado. No sé usted, pero yo siento que vivimos en un mundo irreal, de  cosas cambiadas. Si todo fuera cierto, y lo real es lo que no se dice, entonces, la base de nuestra sociedad podría ser la hipocresía.
Mi compañero de semanario en Rivera, Chumbo Chaves, se asombra con mis cuentos de Tacuarembó, y me dice que en la frontera la intendencia colorada es mucho más prolija que la nuestra. Habría que verlo.
Pero nuestras desprolijidades son tantas, que enumerarlas me provoca cierta vergüenza, como una cosa desagradable en el estómago, y en el ánimo.
El otro día publicaba sobre el perjuicio que se hace a los trabajadores municipales al descontar mal sus gastos en los sueldos, y no asesorarlos, comprometiendo así a cientos de personas con ANDA, con ADEOMT, y con mil compromisos, que el municipal, en su desesperación, con un sueldo de hambre, se mete sin medidas.
Hemos publicado sobre el desprecio de la Intendencia a las personas que ingresan antes de las elecciones para robarles el voto, y luego los echan como si no fueran nada. Así publicamos los reclamos de varios funcionarios puestos antes de las últimas elecciones, y echados posteriormente.
El otro día publicamos también que el Secretario de la Intendencia había reconocido que se había hecho una investigación en el zoológico con resultados negativos, ante los comentarios en los medios de que la carne para la alimentación de los animales se estaba vendiendo para consumo humano. Tuvo que intervenir la policía y descubrirse el asunto por fuera, para que se procesara gente, y la Intendencia quedara en evidencia ante la población.
Un amigo publicó en su facebook fotos del sobrestante de la Intendencia que controla las obras, en las que se ve, la calle aplanada y prolija frente a su casa, y el resto de la calle abierta y destrozada, pues están haciendo reformas en el lugar. Algunos vecinos suyos, de la zona, ven como se retira hormigón para lugares insospechados luego que termina la jornada de trabajo. ¿Quién controla a quienes controlan las obras?
En la terminal de ómnibus de Tacuarembó se asignaron lugares para trabajar en puestos fijos, pequeñas empresas que pagan sus aportes, bajo determinados acuerdos previos, como ventas de alimentos, revistas, diarios, chucherías, etc, con exclusividad. Sin embargo entran vendedores sobrevendiendo lo que ya hay, y se plantean situaciones de injusticia, perjudicando lo regular y favoreciendo lo irregular.
En el Hongo, faltan materiales de las construcciones de ampliación que se habían comenzado, a pesar de que el dinero del Ministerio de Obras Públicas ya estaba, pues se había entregado toda la partida, sin embargo son varios los vecinos que afirman que desaparecieron varillas, bolsas de portland, y diferentes materiales.
En nuestro semanario hemos publicado que el Ministerio de Trabajo, como medida extrema, cerrará los comedores municipales y entregará tarjetas para que la gente pobre que concurre a los mismos, pueda alimentarse en lugares a acordar, mediante licitación pública. Esta medida se debió a las comprobadas irregularidades en la compra de alimentos, y a la irresponsable falta de control.
La empresa que siempre gana las licitaciones de la Intendencia, cuando hay elecciones pone todos sus vehículos y dinero para la campaña electoral del sector político que gobierna en el departamento. Gente que no es de Tacuarembó apuesta para que continúe este gobierno, con el que seguramente podrá seguir haciendo jugosos acuerdos.
En Ansina un camión recogía basura con el logo político oficial. Un camión de la Intendencia colgaba carteles para un acto político, fotografiado y publicado por nuestro semanario. En las elecciones es típico ya el pase a comisión de funcionarios municipales a comités políticos.
Bueno, y ya que hablamos de los períodos electorales, sólo queda decir que esas épocas son las mejores para oportunistas operadores políticos, que encuentran una zafra para hacer plata, cuando se desparrama sin control material de obra y dinero entre la gente para comprar votos.
Es tan común lo irregular, que ya se ve como normal que a alguno se le permita llevar algo para la casa, o no se le controle, y en ese alfalfal los votos para las elecciones próximas están seguros.
El control de nuestra sociedad pertenece a un grupo político que no tiene pretensiones de mejorar nuestra calidad de vida, que no sabe de ese camino posible de llegar a la gente en serio, y levantarles la moral, ayudarlos, darles para adelante, sin más interés que el bien público. Eso, no existe en Tacuarembó,
Hasta en cosas mínimas es jodido nuestro pueblo, pues basta ver en la Departamental Nacionalista a una funcionaria municipal, con la indumentaria azul con letras amarillas de la Intendencia, limpiando su interior. ¿Será porque en el listado de teléfonos de oficinas de la Intendencia, figura, entre otras oficinas, el teléfono de la Departamental Nacionalista?
Es que lo sienten así, sienten que el departamento les pertenece y que nadie tiene la fuerza y la convicción suficientes para sacarlos.
El control de la sociedad tiene varias aristas, y para preservarlo discriminan a los que no pertenecen a su grupo político, y hacen la vista gorda ante todas y cada una de las irregularidades que se cometen a lo largo y ancho del departamento, por parte de sus fieles partidarios.
Hace poco se discutía sobre terrenos para sindicatos, y la orden era tan estricta, que los ediles blancos tuvieron miedo y votaron en bloque sin escuchar a los cooperativistas sindicalistas, poniendo en riesgo el destino de terrenos que podrían significar un barrio obrero en Tacuarembó, al mejor estilo de Paysandú. Sin embargo, arriesgar esa situación es imposible para la mentalidad de nuestros jerarcas municipales, porque es impensable “darles algo a los comunistas de los sindicatos”.
Quisimos escribir sobre esto porque ya vamos terminando el año y acá no ha cambiado nada, entonces uno se pone triste porque la cultura del miedo ya pertenece a Tacuarembó, y lo que embroma es el silencio.

Nº 334

Editorial
La niña y el muerto
Por MAOP
Este fin de semana anduve por Montevideo. Fui el viernes después del mediodía, luego del reparto del semanario, pues tenía algunas cuestiones personales, como  estar con Ana, mi compañera, que en período de exámenes de facultad no puede viajar a Tacuarembó, como ya se ha hecho común. O visitar a Walter López, mi amigo que está en un proceso crítico de su enfermedad.
A Ana le relato detalles de algunos viajes que hago a través de mensajes de textos. Como una vez que una señora de notebook nueva quería que ingresara el wifi de su casa en el ómnibus, o cuando vi una tropilla de caballos corriendo que nos recordaba al Darno, cantando “Estudio sobre caballos”. Ana contesta, reflexionamos, o nos reímos, pero nos vamos comunicando con anticipación.
Quizás peco de observador infatigable de cuestiones nimias, que no lo son tanto. Es que a veces me siento soldado de las cosas diarias, receptor de sensaciones y cuestiones humanas con las que alimento mi vida. Cuestiones como la misma estupidez de una madre, o la brillantez de una niña, asunto que paso a relatar.
Viajé el viernes 2 de diciembre en horas de la tarde, desde Tacuarembó a Montevideo. Iba en un ómnibus de doble piso sentado al frente, con toda una ventana adelante. Cuando llegamos a plaza Cuba el ómnibus se detuvo un momento, es que en bulevar Artigas y Agraciada, un joven (luego me enteré que tenía 18 años) yacía muerto en la calle con el cráneo destrozado. Una sábana blanca no podía disimular el cráneo hundido, y la muerte allí presente era abrumadora, terrible a mis ojos. A unos metros, una moto yumbo 200 estaba como metida en un desaguadero de lluvias, y detrás un mundo entero de gente impaciente metida en sus vehículos. Lo miré, y miré el entorno, y tristemente me recordó a Chico Buarque, con aquella impresionante canción  “construcción”, que en una parte decía: “…terminó en el suelo como un bulto fláccido/ Y agonizó en el medio del paseo público/ Murió a contramano entorpeciendo el tránsito”
El ómnibus estuvo detenido bastante menos que todos los vehículos que estaban del otro lado, es que la muerte estaba en la otra senda.
Junto a mí, una madre joven se asombró al ver al muchacho inerme y llamó a su hija de unos seis años, diciéndole – ¡un muerto, mirá, un muerto! – La niña acudió y miró, en tanto la madre le señalaba con su índice al joven muerto, que de manos abiertas hacia arriba, asomadas por debajo de la sábana-mortaja, parecía estar asombrado aún de lo que acababa de sucederle.
La madre, excitada, hizo una llamada relatándole a alguien que enfrente tenía a un muerto, y dio breves detalles del accidente. La niña, en cambio, miraba seria, concentrada, haciendo trompa. Desde mi asiento me preocupó más la mirada de la criatura que el propio joven muerto, ya que su muerte era una circunstancia inevitable y consumada, pero para la niña, en cambio, todo lo gratuitamente imbécil proveniente de los mayores, sí era evitable.
Pero de pronto la niña habló desde una lógica que superó ampliamente la frivolidad de su madre y mis propias presunciones. La niña preguntó por la familia del infortunado joven, también por qué lo tenían en el suelo, y por qué no se lo llevaban. Preguntaba con voz mesurada, no desde la inocencia de la que tantos hablan sin saber, sino desde la compasión por el joven que estaba incomprensiblemente solo, y trágicamente muerto.
Quizás yo había pensado en esa soledad del joven, en el drama de morir con tan corta edad, y en los bocinazos de quienes estaban detrás, sin saber del drama. Sin embargo la niña me hizo llegar aún más lejos, y volví a mirar al muchacho muerto de mortaja manchada de sangre, de manos abiertas hacia arriba, y me dolió haberme enterado de su muerte antes que su familia, y pensé en otra madre, en otra familia, en amigos, en el bache inmenso que deja un accidente así.
La niña seguía seria, y yo me preguntaba hasta que edad podría tener esa conmiseración, o a qué edad iba a comenzar su destrucción, y cuánto iría a pesar la influencia de su madre en la destrucción de esa brillante lógica.
Parecería que las personas tenemos mucho más de lo que se cree cuando somos niños, y que luego, con el paso de los años, van siendo asesinadas en nosotros todas esas cuestiones innatas que deberían haber humanizado mejor nuestras vidas.
Lo mató la rueda de un camión, cuyo camionero siguió la marcha sin percatarse del accidente. Fue detenido más adelante. De eso también me enteré después.
Pero el viernes 2, como a las siete menos cuarto de la tarde, cuando avanzamos por bulevar en el ómnibus rumbo a Tres Cruces, en la otra senda, más de tres cuadras de autos, ómnibus, camiones, tocaban bocinas, se impacientaban. Algunos habían bajado y miraban hacia adelante sacudiendo los brazos.
Es que allí estábamos todos, y el joven como ombligo lleno de sangre, y el mundo alrededor de incomprensiones y bocinazos, de soledades y tragedias, desde el ómnibus de espectáculo como de televisión, de conductores y acompañantes que miraban para el olvido, de tres cuadras compactas de demoras en destinos inciertos.
Yo le escribía mensajes a Ana, que me esperaba, sobre lo terrible de la circunstancia, y tuve una sensación tremenda, jodida, de esas que solo un tipo como César Vallejo puede describir en su poema “Los Heraldos Negros”, donde dice “Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como/ cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;/ vuelve los ojos locos, y todo lo vivido/ se empoza, como charco de culpa, en la mirada…”
Es que sentí que todos los que estábamos allí teníamos algo de culpa, que todos habíamos tenido algo que ver con la muerte del muchacho, no con la rueda del camión, sino con nuestros miedos, con nuestra indiferencia, con nuestras elucubraciones. Realmente sentí culpa, y que todos alrededor éramos culpables… menos la niña, que ya había comenzado el luto, que parecía haber acariciado el alma del muchacho y que ahora miraba alguna cuestión incierta. Triste.

Nº 333

Editorial
Tránsito: cada loco con su tema
Por MAOP
En los últimos años los accidentes de tránsito en gran parte del mundo son un grave problema. En Tacuarembó no estamos ajenos.
Como ejemplos, en el 2009 hubo en nuestro departamento un total de 1.167 accidentes, con un total de 21 fallecidos. En el 2010, hubo 1.102 accidentes, con 16 muertos. Y en lo que va del 2011, hasta fines de octubre se llevaban contabilizados 936, con un total de 17 fallecidos. En estos días las cifras se han incrementado, ante varios accidentes que se han superpuesto en las fechas, provocando un estado de alarma pública en Tacuarembó.
En las radios hablan de cómo solucionar esta grave situación de caos en las calles que está cobrando víctimas en forma permanente. Los centros de atención de salud están atiborrados de heridos. Un médico forense reclamaba en el programa Adelante de Radio Zorrilla que se usara casco, y que él veía todos los días el resultado de esta situación desenfrenada.
Uno comenta lo que ve, nada más, pero lo que ve, es serio. Por ejemplo el martes en la tarde volvía del centro en el pandita, cuando por mi derecha una moto Zanella Miranelli pilotada por un hombre con su familia, me pasó rápidamente por la derecha, cerca de la plaza de la cruz. Pude mirar rápidamente, ante el fastidio que provoca que te adelanten por la derecha, y vi que delante del conductor iba un niño de unos 5 años sentado encima del tanque de nafta, detrás del hombre, una niña menor, detrás la madre, en el brazo izquierdo de ésta, un bebé colgado, y en el brazo derecho, el mate y el termo. Todos sin casco, supongo que no habría más lugar.
Anoche, cuando volvía de la casa de mi madre, en Varela y César Ortiz y Ayala me detuve en el semáforo en rojo. A mi lado un padre con su hijo en una moto, ambos con casco, detuvieron también la marcha, sin embargo el padre miró calle arriba, vio que no venía nadie, entonces metió un cambio y dobló por César Ortíz y Ayala en rojo. ¿Eso le enseñará a su hijo?
El otro día una motonetista cruzó sin casco, a alta velocidad, por la cebra de la escuela 8, en horas de recambio de alumnos. Hizo caso omiso a los brazos y manos abiertas del inspector que intentaba decirle que bajara la velocidad. La multa que puso fue una anécdota al lado de lo que pudo haber sucedido.
A las tres de la mañana, un día esperando a Ana que volvía de Montevideo, frente a la terminal pasaron unas cuarenta motos. La mayoría con caño de escape libre. Iban rumbo a la ruta 5, seguramente a alguna picada. Los muchachos aceleraban sus motos preparadas, las muchachas se aferraban a las espaldas de sus héroes circunstanciales.
Supongo que cada uno con su vida, con sus historias, con sus responsabilidades. Es difícil evaluar lo que otros hacen, y juzgarlo. Pero se me ocurre pensar que en este caos nadie aprende nada. En esta confusión, no se aprenden códigos generales, sino que cada grupo, como un gueto, tiene el suyo. Los taximetristas el suyo, los motociclistas el suyo, los camioneros el propio, los conductores de autos comunes el propio, y las mujeres u hombres a pie o en bicicleta… cada uno con su librito, con sus razones, con sus ideas.
La intendencia apela a la conciencia de la gente porque no entiende de sicología ni de los derechos de los demás, y mucho menos de las necesidades populares. Nuestra Intendencia entiende de votos y no hace nada que moleste a la sociedad y pueda restarle simpatía. Sin embargo el pueblo necesita un orden, líderes responsables, y estructurar códigos posibles, amenos, comunes.
Existen fórmulas de códigos a universalizar que son las leyes y reglamentos vigentes, y habría que aplicarlos. ¿Por qué? Porque el hombre es un animal de conductas aprendidas y aplicadas. Es como cuando el asunto del consumo de cigarrillos, ya que una vez que se aplicó la ley de restricciones, todos hemos terminado viendo al cigarro de otra forma, en el correr del tiempo. Por ejemplo, si hoy vemos a una madre fumando con su hijo en brazos, nos parece una imagen desagradable, imagen que antes era tomada como normal.
En el tránsito debería ser posible, también. La aplicación de normas idénticas en todo el país, y la universalización de la diagramación de preferencias en todos los centros urbanos, podría dar resultados positivos, en la medida que pase el tiempo.
Las comisiones de ilustres no dan resultados, son comisiones de pueblo que se reúnen sin saber nada, para decir nada, entre las calles apretadas de pueblitos del interior. Son las normas aplicadas con vigor lo que ordena, normas aplicadas con las garantías democráticas presentes, que unifiquen los pensamientos de las personas y que un pueblo entero se mueva en las calles como un cuerpo.
La corrupción, el amiguismo, las elecciones, la avaricia, el desprecio de caudillitos ricos por la vida de los pobres, serán siempre obstáculos para el orden.
En La Paz, Bolivia, conocí los trufi, taxis colectivos que surcan a determinada velocidad las calles trasladando gente en camionetas que se van llenando en la medida que los llaman en cualquier lugar. En esos trufis surcamos con Ana por calles no muy anchas, atestadas de autos en tres o cuatro filas a más de 40 por hora, corriendo de un lado a otro. Pero vi cosas que me asombraron. Un auto iba saliendo del garaje, entonces toda la fila se detuvo para permitir que saliera, nadie asomó su cabeza para insultar. Salió, se unió a una fila, y todos siguieron. En una esquina, un auto atravesado se le permitía el paso, sin que nadie dijera nada. Los conductores, a tan poca distancia, se miraban y se hablaban con los ojos, con las manos. Se dejaban pasar, buscaban la ventaja de todos, no la propia. Cuando vi la velocidad y la cantidad de autos, pregunté cuántos accidentes había por día en La Paz, ciudad de 4millones de personas. Y recordaron uno que había ocurrido el mes anterior. Yo no podía creer, pero era así. La unidad de criterios entre los conductores bolivianos les permitía a todos llegar más rápido al lugar al que iban, pero además, los protegía. Sin embargo, cada boliviano que conocí, en su vida privada, era diferente a otros, y tenían, como todo el mundo, cada uno diferentes apetencias.
Nosotros estamos lejos de esa unidad, somos como dice la canción de Serrat, “cada loco con su tema”, somos individualistas por excelencia, no vemos por los demás y no nos importa nuestra propia vida… o siempre creemos que a los que les pasará algo es a los otros, no a nosotros. O simplemente estiramos la piola, hasta que revienta.

Nº 332

Editorial
Veintidós, veintidós
Por MAOP
Los hechos son los siguientes. Un grupo de vecinos formó una Cooperativa de Ayuda Mutua a los efectos de construir sus hogares en Tacuarembó, a través de la Agencia Nacional de Viviendas. Comenzaron a reunirse y a trabajar, y una de sus figuras más activas fue una mujer relativamente joven, impetuosa, que nuestro semanario conoció a través de otras actividades reivindicatorias, en las que demostró una actitud firme y valiente.
Esta cooperativa comenzó a trabajar junto a otras cooperativas formadas recientemente, y han estado buscando la posibilidad de conseguir tierras en un predio que cuenta con los servicios necesarios (agua, luz, saneamiento), terrenos que han estado en discusión entre los políticos locales en los últimos días.
Debido a que esta mujer relativamente joven presentaba características de líder y una firme capacidad de trabajo, el grupo de 32 familias que conformaban esa Cooperativa la nombraron Presidente de la Comisión Directiva, cargo que desempeñó con entusiasmo.
Pasaron algunas reuniones y se comenzó a hablar de las familias de cada uno de los titulares cooperativistas, y en esas instancias fue que comenzaron los rumores. El chisme que circulaba era que la mujer que me referí antes, era lesbiana.
Y en ese punto, si existe algo imprevisible en las personas, es la reacción que puedan tener ante situaciones que están signadas por la discriminación, o por el miedo. Y en ese caso, es imprevisible la reacción, más si esta es colectiva… como terminó siendo.
El chisme corrió hasta que en una reunión de directiva, en casa de una cooperativista, una funcionaria administrativa de un liceo y un trabajador de la industria de la madera hicieron el triste papel de inquisidores, obligando a la mujer, a reconocer que vivía en pareja con otra mujer.
Finalmente, algunos días después, en un Centro de Barrios de nuestra ciudad se reunió la asamblea de esa cooperativa, y para esa reunión se había previsto que cada titular concurriera con su pareja, por lo que esta mujer, que ya había sido cuestionada, se presentó con su pareja mujer, como corresponde.
Fue entonces que se levantaron algunos con dedos acusadores y exigieron que se retirara la pareja mujer de la mujer en cuestión, provocando una situación de tirantez. La maldad se estaba consumando.
Algunas voces, pocas, se levantaron en defensa de la pareja de mujeres, y contraatacaron con que si se iba la pareja de esta mujer, se deberían ir los maridos o esposas de los titulares.
No lo comprendieron, o no escucharon. La furia inquisidora ya estaba en marcha. Veintidós familias se fueron levantando, una a una y presentando sus renuncias a la cooperativa. Se la iban dejando a la presidenta, la mujer a la que me refiero, en sus propias manos. Las veintidós familias decían que la situación era intolerable. Ni por asomo recordaron el valor que le dieron como persona a su presidenta el día que la votaron para ese cargo, solamente se horrorizaron ante algo que no supieron controlar: ¿sus miedos? ¿ellos mismos?... vaya a saber.
Imagínese usted, amigo lector, el dolor de la mujer que recibía las renuncias. Imagínese usted lo que habrá significado para ella recibir el odio y la incomprensión de veintidós personas, que en nombre de sus familias estarían intentando mitigar vaya a saber qué culpas, o cuántos demonios exorcizar,  ejecutando en aquel acto a la pareja de mujeres.
Algunos cooperativistas que consideraron que se estaba discriminando a sus compañeras, aseguran que la “inquisición” estaba “hablada previamente”, y que varias familias ya tenían en mente aislarla por lesbiana.
Esos cooperativistas que se quedaron con la pareja de mujeres, apoyándolas, son nueve familias; gente común, trabajadora (dos enfermeras, una escribana, una funcionaria municipal, una docente, un militar retirado, y otros), que seguramente creen que uno debe luchar por cuestiones realmente valiosas, y que las personas son iguales y tienen los mismos derechos. Quizás quieran enseñarles eso a sus hijos, para que no se confundan, para que no sean retrógrados, para que aprendan cosas buenas de la vida, y que lo que diferencia a las personas son, justamente, las crueldades, como esa.
La pareja de mujeres, más las nueve familias que se quedaron en la cooperativa, y ya doce familias nuevas que se plegaron al proyecto inicial, señalan un camino estupendo, no solamente porque quieren tener sus viviendas, sino que ya eligieron nuevamente a esta mujer como presidente de la Comisión Directiva. Y lo bueno que ahora también son veintidós… un veintidós como respuesta, son la redención de lo humano, como marcando un camino mejor. Por suerte estos veintidós ya saben que la tolerancia es un marco ideal para la democracia a la que deberán atenerse, cuando sigan adelante con su proyecto de viviendas.
La contracara es el odio, son esas veintidós familias disidentes, que formaron otra cooperativa luego de creer que purgaron los demonios de su seno. Es que no me explico qué pasó por sus cabezas, al punto que discriminaron e intentaron un linchamiento moral, desconociendo los derechos de cada uno, más allá de los nuevos marcos jurídicos que contempla la situación de las parejas gay. Supongo que estos veintidós titulares cooperativistas pueden ser buenas gentes, pero es innegable que en determinado momento no supieron dominar sus prejuicios, y dieron rienda suelta a lo peor de ellos.
Entonces me pregunto, además, qué hubiera pasado si el cooperativista homosexual fuera un hombre. Estoy casi convencido que no se lo hubiera discriminado tanto, por lo que no solamente la discriminación tiene que ver con la condición de lesbiana de esta mujer, sino por el hecho mismo de ser mujer. Supongo, por lo tanto, que existe una doble discriminación.
Es que el odio se ensaña con los más débiles, con mayor frecuencia. 
Para quien entienda que el sistema cooperativo es fundamentalmente solidario, se quedará con la presunción de que estas veintidós cabezas de familia disidentes no saben lo qué es la solidaridad, y seguramente tampoco saben del respeto, del valor de los vecinos, más allá de la discriminación expresada en forma abierta y violenta.
He escuchado historias de discriminación que me han preocupado, pero la sucedida en Tacuarembó me ha causado un malestar extra, porque es demasiado jodida y está aquí.
¿Qué se puede hacer? Supongo que escribir sobre ella ya es algo, y denunciar este pretendido linchamiento moral es necesario, porque importa que la gente considere estos asuntos y no se confunda más.
No pretendo hablar de la homosexualidad, ni justificarla, pues ya estaría haciendo diferencias al intentarlo. Solamente hablo de personas que tienen diferentes opciones, que no joden a nadie, que quieren construir proyectos, que buscan espacios para ser felices, o que lo intentan por lo menos. Solamente hablo de personas que viven y trabajan y se aferran al amor, como sustento de cada día.

Nº 331

Editorial
Pequeños Artistas
Por MAOP
La maestra directora de la Escuela 146 del Barrio López, Karina Jauregui, vino un día por mi casa a preguntar si podíamos ayudar a su escuela a imprimir un periódico que recordara a la revolución iniciada por José Artigas, en su bicentenario (1811-2011).
Me explicó que se trataba de una iniciativa escolar, y que se habían hecho responsables sus dos maestras de quinto: Elizabeth Rodríguez Madera (5ºA) y Sonia Fernández (5ºB). Me comentó que los niños, alumnos de estas maestras, estaban preparando los textos, reportajes ficticios a Artigas y noticias como si fueran dadas en su época.
En realidad la directora Jauregui estaba muy preocupada, y tanto trabajo hecho con los niños podría ir “al tacho”, pues no encontraba salida. En otros lugares que estuvo en busca de apoyo, no había tenido éxito.
No dudé. Acepté y le propuse que los niños hicieran dibujos para acompañar las notas de sus compañeros, y me ofrecí para concurrir a la escuela a darles una mano con los dibujos.
Es así que fui los miércoles a juntarme con el equipo de niños dibujantes, miércoles que fueron estupendos. Para quien no ha tenido demasiada  práctica en la docencia y de pronto sale de su soledad creativa para enfrentarse a una docena de niños con ganas de dibujar, provoca un desafío vital y renovador.
Los niños unieron al trabajo histórico y periodístico de sus compañeros, un notable trabajo artístico, ilustrando cada nota con dibujos desde su niñez, llenos de originalidad y entusiasmo.
Un taller de dibujo artístico que tengo en el Hongo, que lo he venido desarrollando durante todo el año, más estos miércoles lleno de niños dibujando, me han hecho pensar sobre quiénes podrán ayudar a estos chiquilines a comprender que muchos de ellos han estado haciendo arte, y que, si lograran desarrollar sus aptitudes, podrían ser nuestros artistas plásticos del futuro.
En la escuela conocí a Deyna Machado y Luis Palacio, dos niños de quinto, que dibujaron entre otros con notable entusiasmo, y que quizás ellos no lo sepan aún, pero son artistas potenciales. Y como sé que es posible que nadie se los diga, he resuelto escribir sus nombres en esta nota, y decírselos de esta forma.
La Escuela 146 realizó un brillante periódico sobre la revolución de 1811, con una visión sobre Artigas que me inspiró a ayudarlos con entusiasmo, sin embargo debo hacer algunos comentarios, y prefiero eximir de ellos a la propia escuela y a su directora.

A esta altura de mi vida estoy convencido que en nuestra sociedad no existe interés en descubrir a estos niños, ni ayudarlos, ni hacerlos sentirse artistas. A muchos de ellos la vida les pasará por encima, y al convertirse en hombres o mujeres, es posible que deban convivir con una terrible contradicción. Es que tener un talento dormido en el interior es cruel.
Hoy Tacuarembó aplasta a estos niños y jóvenes con eventos turísticos culturales que nadie comprende, pero que desarrolla un exhibicionismo enfermizo en sus organizadores, haciéndoles creer que son una especie de mecenas culturales.
Para nuestros dirigentes locales, la cultura es un elemento paralelo a sus intereses que en algún momento habrá que atender. Para el ex intendente y consejero de Estado, amigo de dictadores, Norberto Bernachín, la cultura era un negocio. Para el actual director de cultura, es una oportunidad. Para Ezquerra: un misterio.
En un pueblo como Tacuarembó, en el que la dirección de cultura se preocupó más por llenar un programa espectacular en el papel que poner gente en las salas para una supuesta feria del libro, la cultura no es más que “actividades culturales” que hay que hacer.
Para quienes entienden solamente la cultura de los votos y del dinero y el poder, el desarrollo humano intangible es una cuestión vana, prácticamente despreciable.
Claro que no comprenden que estar al lado de un niño artista es tocar el amor con las manos, es creer en la vida y sentir que el poder está en una especie de luz que se desarrolla en la imaginación. Ni por asomo comprenden que la inteligencia, la ética, el amor, tienen que ver con una cuestión intocada y maravillosa, que es la creación artística, entre otras cosas dignas.
Benedetto Croce (1866-1952) decía que el arte era intuición, y que el que observa una obra “mira por la cerradura que aquél (el artista) le ha abierto…”
Para un niño, para un joven, para un artista, abrir una cerradura a los demás es abrir un pedazo de su pecho para mirar el alma fuerte del creador, para estar juntos y acompañarse en el camino.
Alguien decía que el artista es el que mejor comprende el dolor humano, y los desamparados caminan junto a ellos de la mano. Es posible.
En la medida que la sociedad fue creando la cultura mercantilista durante los siglos XIX y XX, los artistas fueron realizando sus búsquedas para mitigar el dolor del desamparo que provocaba la crueldad del interés económico de los señores del poder, por encima de las necesidades básicas de las personas. Durante el estupendo siglo XX, se sucedieron diferentes manifestaciones artísticas, como el fauvismo (de las fieras), el expresionismo  (que indica que todo arte es expresivo y conmueve mediante gestos plásticos), el cubismo (recordar a Picasso), el dadaísmo, el surrealismo (junto con el cubismo, quizás de las expresiones más importantes del siglo XX), el expresionismo abstracto, el pop art, el minimalismo (que acercó el arte a la razón), el arte conceptual (recordar a Marcel Duchamp), entre otras manifestaciones.
En cada búsqueda, los artistas se enfrentaban a las estructuras de poder y a la banalidad, en todos los campos. En la literatura Kafka hablaba de Gregorio Samsa convertido en un insecto, Onetti paseaba sus personajes de submundo en Santa María, la ciudad de su imaginación, y en la plástica, Jakson Pollock tiraba pintura encima de enormes blancos y Edvard Munch pintó “El grito”(1893), reflejando esa angustia existencial provocada por las concentraciones urbanas, y la expansión del capitalismo.
El arte crea un espacio alternativo para luego incluirlo en la vida real. La imaginación es un privilegio de la humanidad, y su desarrollo y motivación, ha provocado que el hombre, en el correr de los tiempos, haya ido reconociéndose, en sí mismo, o en otros.
La bestialidad ha cercenado el crecimiento de muchos solitarios artistas en todas las sociedades, sin embargo, sin saber cómo, siempre terminan apareciendo. Son como flores que brotan, solas, que sueltan su aroma e impregnan.

Nº 330

Editorial
Sarkozy, el bolichero y el cliente
Por MAOP
Hacía ya un rato que había amanecido. En el fondo del almacén el bolichero hace cuentas, preocupado. Cuenta y separa el dinero. El montón más grande para el bagayero, la pila siguiente para la coca cola, en otra puso el dinero de los otros proveedores… por la mente le pasó que todavía no pagó la luz y el agua, y entre las dos son más de seis mil pesos. Encima, acababa de llamarlo “la mujer que le lleva las cuentas” para recordarle, una vez más, que para ese día precisaba los siete mil pesos para el BPS y la Impositiva, y que ya estaba en camino.
El empleado, un muchacho, está acomodando los cajones de frutas, ya sabe que tiene que esperar a que llegue la cebolla y la papa de Rivera para acomodarlas junto a las fundas de cervezas, que con el calor que arrancó ya están tentadoras.
Al ratito el bagayero llegó en su camioneta, entonces el freezer se llenó de pollos, pechugas, muslos, carne picada, chuletas de cerdo… en la vitrina el empleado colocó ágilmente la paleta de oferta, la mortadela, el jamón. -Hay cosas que ya no valen la pena traer de Rivera- le dijo el bolichero al tipo de la camioneta… -pero lo que se trae es negocio-, contestó el otro, metiendo en su bolsillo una punta de pesos.
El gurí abrió una bolsa de papas y las volcó a los cajones, en tanto el bolichero se metió nuevamente en sus cuadernos, en su calculadora, chupando algún mate tibio.
Desde la radio le llegó la voz modulada de un periodista de pueblo que hablaba desde la ofensa misma. Informaba que Sarkozy había dicho que Uruguay era un Paraíso Fiscal, y que lo había amenazado con excluirlo del sistema financiero mundial.
El periodista estaba tan ofuscado, que acomodó la voz al asco para leer un párrafo del Observador de Montevideo: “El mandatario galo hizo las declaraciones al finalizar la cumbre del G20 que se realiza en Cannes. "Antigua y Barbuda, Barbados, Botsuana, Brunei, Panamá, Seychelles, Trinidad y Tobago, Uruguay y Vanuatu no tienen un marco jurídico adaptado a los intercambios de información fiscal"”, y se embroncó junto al periodista cuando aquel dijo que Sarkozy había puesto a Uruguay junto a países que nadie conocía.
-¿Y quién conoce a Uruguay?-, preguntó bromeando un cliente que acababa de entrar. Pero el bolichero no se inmutó, es que aquel tipo siempre rompía las bolas con política y contestarle era sólo para calentarse. Así que rápidamente se le cruzó por su mente Forlán, Suárez y el maestro… -ah, el maestro- pensó.
El cliente, un veterano flaco y desgarbado, igual salió con su batería de argumentos, y le dijo con la cancha de un militante de toda la vida, que Francia no estaba autorizada moralmente a juzgar a Uruguay, que venía de recesión en recesión, que era un país con crecimiento cero, y que en este preciso momento estaban buscando soluciones para seguir salvando a Grecia, y a ellos mismos, que todo el capitalismo estaba en crisis y que sus riquezas habían provenido de las colonias y de las masacres, y por allí habló de Argelia… y siguió, hasta que percibió que el bolichero hacía intentos por no escucharlo.
Para el bolichero era difícil entender al periodista y al cliente juntos, así que atendió a “la señora que le lleva las cuentas”, y le dio el dinero para pagar “la Caja”.
Como con lástima le dio la plata, como quien la tira, pero aprovechó que tenía público para hacer casi un discurso, como en un acto solemne: “Hay que estar al día siempre, hay que cumplir con el gobierno”, sentenció dirigiéndose, ahora sí, al cliente rompe bolas que lo miraba, parado entre las cebollas brasileras y las fundas de Kaiser.
El cliente militante luego de ser atendido quiso dar su opinión, pero ya estaban un gurí comprando leche y una doña pidiendo pechuga de pollo y pan.

Al día siguiente volvió el cliente flaco, desgarbado y militante, a comprar; llevaba un papel impreso de computadora en la mano.
El bolichero estaba recién con la bolsa de pan, por lo que era aún más temprano que el día anterior. Así que no había nadie, y el cliente aprovechó para hablar.
-Sabe- dijo -a usted quizás no le preocupa, pero me tomé la molestia de pedirle a mi nieta que me buscara esta información, que paso a leerle.
El bolichero chupó un largo mate y se resignó, birome en mano, a escuchar lo irremediable. Al fin de cuentas, creyó, algunas veces hay que hacer algún sacrificio para conservar la clientela.
-Yo debería hablarle del lavado de dinero- arrancó el cliente -que ingresa hasta en auto de Argentina y es depositado en nuestros bancos, y hablarle también del secreto bancario, que es uno de los puntos que critican de nuestro sistema financiero, pero voy a hacer referencia solamente a las zonas francas en Uruguay.
Al bolichero no lo salvaba ningún cliente oportuno, en tanto miraba con lástima el fondo de la calle vacío. Pero el militante desgarbado ya tenía el papel en sus manos, como guerrero que sostiene una lanza, y leyó: -sabe, en la página del Ministerio de Economía y Finanzas habla de las zonas francas en Uruguay, resulta que están Zonamérica SA, en Montevideo, Zona Franca UPM Fray Bentos, desde donde opera lo que era Botnia, Zona Franca de Colonia, Grupo Continental SA, Zona Franca Colonia Suiza, Zona Franca Floridasur (Florida SA),  Zona Franca Libertad (Lideral SA), Zona Franca Nueva Palmira, Zona Franca Río Negro y Zona Franca Rivera. Está previsto abrir cuatro más…
El bolichero comentó sin mirar, interrumpiendo, -Y bueno, si les va bien, bien por ellos…
-Mire vecino, el Ministerio sigue diciendo que las empresas de la zonas francas están exentas de todo tributo nacional, creado o a crearse, incluso de aquellos en los que por ley se requiera exoneración específica, respecto de las actividades que se desarrollan en la misma. Están exonerados, entre otros, de los siguientes tributos: Impuesto a la Renta de las Actividades Económicas (IRAE), Impuesto al Patrimonio (IP), Impuesto al Valor Agregado (IVA), Impuesto Especifico Interno (IMESI), Impuesto al Control de las Sociedades Anónimas (ICOSA) Más abajo dice que los bienes, servicios, mercaderías y las materias primas, cualquiera sea su origen, introducidos o sacados de las zonas francas estarán exentos de todo tributo. El Estado, bajo responsabilidad de daños y perjuicios, asegura al usuario, durante la vigencia de su contrato, las exoneraciones tributarias, beneficios y derechos que le acuerda.
El bolichero lo miró, ahora sí lo había escuchado. Entonces el cliente quiso explicarle: -es que ayer lo vi entregando el dinero para pagar sus impuestos y aportes, y supongo que también usted debe pagar impuestos municipales, y el IVA en lo que compra, entre otras cosas, y esas empresa que están en zonas francas están exoneradas de todos los impuestos que ya le dije, pero además- y volvió a leer -de los impuestos sobre capital y activos netos, impuestos municipales, de timbres, de construcción y contratos de préstamos, registro y traspasos, impuestos consulares, de patentes e impuestos para la constitución de sociedades.
-¿Y qué tiene que ver Sarkozy en esto?- preguntó el bolichero
-Nada- contestó el cliente -él habla desde la prepotencia del primer mundo, y nosotros quizás seamos un paraíso fiscal o no, pero las zonas francas, el lavado de dinero, las financieras, no hablan bien de nosotros.
-¿Y en qué nos afecta eso?- Volvió a preguntar el bolichero.
-Mire, es que solamente en la Zona Franca Zonamérica funcionan 180 empresas y en la de Florida funcionan 500. Todas ellas no pagan nada al Estado y tienen ganancias de cientos y cientos de millones de dólares. Sin embargo usted, al pagar sus impuestos, todos, a pesar de todo este desorden fiscal, del contrabando, de los milicos coimeros, es usted el que realmente sostiene al país.
-¿Yo?- preguntó como en broma el bolichero.
-Y miles de bolicheros más, y el resto de la gente que usted conoce.
El bolichero pensó, ahora sí lo había escuchado, entonces reflexionó: -¿Entonces somos giles?
-No tanto- contestó el cliente militante -sólo que aún no entendimos que el país no está hecho para nosotros… pero después la seguimos, ahora deme un par de ticholos para la nieta.

Nº 329

Editorial
2 de noviembre y la muerte
Por MAOP
El pasado miércoles 2 de noviembre se celebró el día de los difuntos, o día de los muertos, en gran parte de América Latina. En Uruguay también, pero los informativos dicen que ha venido perdiendo convocatoria, y que la gente ya no concurre en forma masiva, como antes,  a los cementerios, donde se encuentran los restos de lo que fueron sus seres queridos.
Siempre me plantee esta situación de la muerte, no sólo como cuestión filosófica, sino como una cuestión social, y jamás me conformó esa vaga idea de que la muerte nos iguala a todos.
En nuestra sociedad ha calado muy hondo el concepto cristiano de resignarse y esperar por la justicia divina. Durante siglos, le enseñaron a los pueblos que en estos pocos años que dura la vida, uno debe soportar las injusticias del hombre, pasar por todo tipo de pruebas, y demostrar que se está apto para esperar la otra vida, la vida eterna, en la que sí habrá justicia, y el alma encontrará paz y felicidad.
Para los cristianos la muerte es una cuestión moral, pues plantea a los creyentes las posibilidades del infierno y del cielo, de la vida mala, o de la vida buena, y el castigo o el premio, más allá de la vida, en la muerte misma, o vida del alma. Para los cristianos la muerte forma parte de la vida, y sostienen que no es una ruptura especialmente importante, que como Jesús resucitó, todos resucitaremos con él.
Para las civilizaciones precolombinas, en cambio, la muerte era un paso hacia otra dimensión. Cada uno era después de la muerte, según cómo muriera. Los guerreros muertos en combate, por ejemplo, iban al reino del sol, gobernado por Huitzilopochtli (representado por un colibrí), el dios de la guerra. Ellos volvían unos años después convertidos en pájaros. Para ellos, la muerte era un hecho natural, como parte del ciclo de la vida.
La reducción de las culturas americanas por parte de la Iglesia, significó inyectarles el miedo a la muerte, y el miedo a la vida, condenándolos a la resignación y a la esclavitud, en sectores importantes de su población.
Civilizaciones enteras fueron inducidas a creer que la muerte nos igualaba a todos, y que si éramos obedientes y resignados, éramos buenos e iríamos al cielo, en tanto los poderosos disfrutaban de su poder en vida, gracias a la mansedumbre de sus trabajadores.
Hablaba con un amigo el otro día, que también decía que la muerte nos iguala. Y sostengo que no, porque no nos puede igualar la no existencia. No somos iguales cuando no existimos, pues no somos, simplemente. Pero antes, ni siquiera nos igualamos en el momento de morir, pues si no fue justa la vida, es de esperar que jamás pudiéramos serlo a la hora final. Supongo que creer en la igualdad en la muerte, es creer desde la vida en una muerte oscura e incomprensible. No creo que un solo cristiano tenga tanta fe como para no haber dudado alguna vez.
Séneca (4 aC- 65 dC) decía que la muerte para alguien en particular no significa nada, nadie la conoce, pues en el momento de la muerte todo desaparece, nos volvemos insensibles. Seguramente podemos sentir el dolor que provoca la muerte de un familiar, pero no la propia.
Saltando la historia, 20 siglos después, Jean Paul Sartre (1905 – 1908) dijo que la muerte no es una cuestión que le pertenezca como fin de su propia vida, la muerte es de otros cuando sucede, y simplemente es el límite para los proyectos personales, proyectos que uno está condenado, además, a no poder cumplir en su totalidad, o a simplemente fracasar. En su obra “El ser y la nada”, como cuestión ontológica (lo que existe) sostiene que uno es en tanto vive, y que la libertad es nuestro objetivo. Dice: “yo estoy condenado a existir para siempre más allá de mi esencia, más allá de las causas y de los motivos de mi acto: estoy condenado a ser libre”. El “para siempre”, es su idea de la “trascendencia” del hombre, como vida útil, que trasciende su propia vida, aún después. En la nada como individuo, quedará su obra, la que sea.
Supongo que los acontecimientos de los siglos XIX y XX cambiaron para siempre a la humanidad, acontecimientos como la revolución industrial, y luego el marxismo, o la irrupción de la clase obrera organizada sentada en las mesas de discusión, o haciéndose fuertes hasta morir, en causas que pudieran ser triviales antes, pero que pronto tuvieron un grado de trascendencia notables, como el salario, o las jornadas de trabajo, o las condiciones del mismo.
Y la muerte fue cambiando en su consideración, fundamentalmente en la última parte del siglo XX, en el mundo occidental, con el cambio social que fue sucediendo. Para las luchas obreras, o las revoluciones, la muerte era una alternativa en el proceso de lucha por los cambios y por la justicia, despreciando el concepto cristiano de la resignación y la justicia divina, que aplacaba a los hombres, muchas veces esclavizándolos, como sucedió en la América después de Colón.

Hoy, tan campante, la lucha continúa entre los sectores de la sociedad, pero en el devenir, van cambiando los escenarios, cambian las guerras por las sutilezas, y sigue cambiando la idea de la muerte. En el mundo nuevo y globalizado, entre una vorágine de tecnologías que las inmensas mayorías no comprenden aún, el hombre va quedando cada vez más solo.
El miedo al fracaso personal va cobrando mayor sustancia, en tanto el éxito económico y social es el arquetipo inculcado por el nuevo dios que domina los medios de comunicación masivos, la producción industrial al nivel planetario, la moda, el consumo, la vida misma. Usted comprenderá que el nuevo dios es el mercado y sus divinidades, son las grandes empresas trasnacionales.
La muerte ya no es cosa divina, inclusive en sociedades orientales, va dejando de ser una cuestión de honor, o parte del ciclo de la vida, El concepto de la muerte se va globalizando, y el hombre, cada vez más solo en medio de más gente, siente que una suerte de conceptos que sostenían su vida, se le han ido escapando de las manos. Entonces la muerte se particulariza, y el hombre se condena a sí mismo. Es que le están enseñando ahora a sentir culpa por su propia vida y por su propia muerte. Mientras tanto, las sociedades se van volviendo más indiferentes ante la muerte de otros, y muchas veces la consideran un espectáculo de televisión. Lo vemos casi a diario.

Me preocupa que la gente insista en pensar que la muerte nos iguala, pues en el fondo sigue creyendo que la igualdad está después de la vida. Me preocupa que no se comprenda que la muerte es desigual siempre, pues no es lo mismo morir aplastado por un árbol, o morir de hambre, o de frío, o como carne de cañón, que haber muerto después de la fecha prevista, gracias a que se tuvo dinero para prolongar la vida. No es lo mismo morir sin haber tenido ninguna oportunidad.
Es bueno saber que existen personas que mueren con dignidad, a pesar de todo, pues son conscientes que lucharon toda su vida, y aceptan que todo termina, pero en el fondo comprenden que algo dejan. Hay ocasiones en que los viejos son la esperanza.
Nosotros, que estamos llenos de rituales, queremos entender por qué cada vez vamos menos al cementerio, o por qué los sepelios cada vez son más breves. Quizás tenga que ver con los nuevos paradigmas.
Prefiero la literatura, y ser sensible ante el dolor del otro, y me quedo con el sentimiento expresado por Miguel Hernández ante la muerte de su amigo Ramón Sijé, en su poema “Elegía”, cuando nos dice que seremos alimento de la vida, y me hace pensar que ojalá alguien me llore como Hernández lloró a Sijé: “Yo quiero ser llorando el hortelano/ de la tierra que ocupas y estercolas,/ compañero del alma, tan temprano./ Alimentando lluvias, caracolas/ y órganos mi dolor sin instrumento/ a las desalentadas amapolas…”
Prefiero pensar, entonces, que seremos carne para más vida, y que seremos flujo constante. Prefiero esto, aceptar sin resignación que seremos alimento, y que debemos luchar por nuevos paradigmas, aún creyendo en el Hombre Nuevo del Che, que aún existe, en el concepto.