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miércoles, 22 de junio de 2011

Nº 311

EDITORIAL:



Los tabúes de antes,
los temas de ahora

Por MAOP
Hablando con Stella, mi hermana, hace pocos días, ella decía que la irrupción de la izquierda en el gobierno nacional había logrado barrer mitos construidos durante decenas de años en el Uruguay. No recuerdo con precisión la conversación, pero ella interpretaba que una forma nueva de encarar los temas del diario vivir refrescaba nuestra cultura, y le hacía bien a nuestra sociedad.
Ella puso ejemplos, como algunas palabras y conceptos que antes no se usaban o eran tabúes, y que ahora son de uso corriente o de conversación común. Como los derechos humanos, o la tortura en la dictadura, y más.
Y le di la razón, porque hay asuntos que sufrió la población que parecían invenciones de los tupamaros y comunistas, que sonaban fuertes para muchos votantes de los partidos tradicionales, pero que, luego de más de seis años de hablar con naturalidad sobre estas cuestiones,  ahora existe un consenso nacional de que estos asuntos están, son de discusión, que la tortura existió, así como la muerte atroz, que hay desaparecidos, y que se debe encontrar una solución.
El pensamiento de Stella iba más lejos. Habló de la ruptura de mitos, que ahora los homosexuales ya no se ocultan tanto, y resulta que son tan personas como cualquier heterosexual, o el aborto, entre otros.
Es que están cambiando las cosas en el plano de la cultura, pues lo nuevo que hablamos y asimilamos, son conceptos y cambios de parecer, que transforman nuestra sociedad.
Por ejemplo, antes, entre la gente de izquierda se creía que por el mero hecho de ser del Frente Amplio ya era una garantía de buena gente. Hoy ya no. Como creer, también desde la mirada de la gente de izquierda, que todos los blancos y colorados eran fachos, y sin embargo hoy ya no se cree eso. Empieza a existir más tolerancia, y se va creando una media. Ni unos son tan, ni otros son tanto.
Si hasta los colorados y blancos ahora comprenden que ser de izquierda no implica ser comunista o tupamaro, necesariamente, sino que ven una gama de pensamientos diversos (incluidos, entre otros, los comunistas y tupamaros), y que todos los que integran el Frente Amplio no son monstruos, ni se llevarán los niños a Cuba, y que, por el contrario, tanto el bolichero socialista, el amigo comunista, o el tupa que estuvo preso, son tan uruguayos como ellos.
Es claro que hay dos filosofías que se contraponen, dos culturas que se enfrentan, e intereses que están en juego. Pero que gente de izquierda esté al frente de determinados organismos, o que tengan mayor incidencia en la vida del país, como no la tenían antes, está permitiendo una apertura de pensamiento, seguramente más tolerante y quizás menos discriminador.
No solo por algunos planes de gobierno direccionados a los pobres, a los que ya no se les margina tanto, y se realizan estrategias de gobierno específicas, con mil fallas, pero ahora los analfabetos (que no eran pocos como recientemente se supo) aprenden a leer, y los marginados recuperan valores, y muchos enfrentan sus propios destinos.
Este pensamiento renovador, barredor de lo vetusto, vino de la mano con otras cuestiones planetarias que están renovando también nuestra sociedad. Como la institución del matrimonio que ya es dejada de lado por muchísimas personas, sin poner en riesgo el marco legal que ampara a los niños. O la decisión que asumen parejas, que cuando ya no se quieren, se separan, y no se esclavizan de por vida a estar juntas. O el gran tema de la mujer, ya abordado en nuestro semanario, que ha evolucionado notoriamente en su autodeterminación, a través de su trabajo, su sexualidad, su pensamiento, posicionándolas, cada vez más, en igualdad de derechos con los hombres.
La izquierda uruguaya tiene mucho que ver con todo esto, tanto en la puesta en discusión de asuntos que antes era impensable que se manejaran ahora con naturalidad, como la apertura a las miles de revoluciones que suceden en el mundo, que les dan humanidad a los hombres y mujeres. Y quien gana es la sociedad en su conjunto.
También hablamos en nuestro semanario de la uruguayez, y de la búsqueda y defensa de nuestra identidad. Somos un pueblo pequeño en comparación con otros, pero potente, inteligente, y estamos construyendo una identificación propia. Y aunque parezca increíble, el simple hecho de la separación de Diego Forlán con Zaira Nara, sacudió esa fibra identificadora con la uruguayez, en muchos compatriotas del mejor jugador del último mundial de fútbol.
A la mayoría de nosotros, los uruguayos, no nos gustó que se expusiera públicamente la vida privada de Forlán, así como también, la de toda su familia. Se armó una barrera para juzgar la idiotez proveniente de programas de chimentos argentinos (aunque muchos los consumieran), y supongo que esto tiene que ver con esa cuestión íntima de respeto por la privacidad del otro, por privilegiar sus virtudes, o su función pública, por encima de cosas que los uruguayos respetamos.
Es que yo digo que también esto tiene que ver con la izquierda, aunque ya no sea su patrimonio exclusivo, desde una cultura construida desde antes de asumir el gobierno. Y hablo de la discusión inteligente parlamentaria que existió durante el siglo XX, o nuestros  pensadores y dirigentes, que hicieron de la ideología una cuestión de principios, que sacudió las bases de nuestra sociedad. Del fortalecimiento de la cultura, y su integración a lo popular. De la construcción de valores, y su diseminación por las familias.
Lo de Stella es la captación de una evolución en cuestiones que se estaban ya desarrollando, pero que se van consolidando y permitiendo que también nuestra sociedad se desarrolle en su inteligencia y en el respeto.