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viernes, 27 de mayo de 2011

Nº 308

EDITORIAL:
por: MAOP

Los muchachos de la plaza…
“Teníamos 15 años, 18 a lo más, la vida era un juego que había que jugar…”
De “En Tacuarembó si te parece”, Víctor Cunha- Eduardo Darnauchans
Yo era un gurí de pueblo, de pelo largo y mil ideas locas de ser pintor, y encaraba la filosofía como una cuestión de tremenda curiosidad. Allí está la fuerza, pensaba, en tanto devoraba a Sartre, Nietzsche y le mezclaba Marx y Lenin, y complementaba con Camus, Hess, Faulkner, García Márquez, Sábato, y otros… haciendo un caldo espeso entre mis neuronas. Más adelante, por los veintialgo, llegó a mí una obra de Nicolás  Abbagnano, “Historia de la Filosofía,  que me ordenó la cabeza en cuanto a la búsqueda de lecturas… sin embargo hubo un tiempo cortado, una sombra que apagó el hálito, la inspiración.
Éramos varios los que nos juntábamos en la plaza a politizar las clases del liceo, y creíamos que el mundo se iba a transformar en la medida de nuestras ideas y pensamientos. Le enchufábamos poesía a nuestras vidas, y la música jugaba un papel primordial en aquellas épocas lejanas (como en todas seguramente), antes de la dictadura.
Aquellos muchachos que éramos, no nos conformábamos con ser solamente gurises de pueblo, sino que convivíamos con el pensamiento universal, con el arte del mundo que se apilaba en revistas, libros, o discos de pasta. Y no desconocíamos los hechos graves de Vietnam, ni la guerra de Cisjordania, ni el proceso revolucionario de Cuba, pero vivíamos nuestra incipiente libido, nuestra incipiente estructura de pensamiento, y nuestra incipiente vida, con tremenda pasión.
En la mezcla de música que escuchábamos, en la que estaban los hispanoparlantes Zitarrosa, Viglietti, Rolando Alarcón, Olimareños, los Parra, Quilapayún, Jara, Amparo Ochoa, Serrat, Agua Viva, y tantos, tantos otros, de los que cada canción era un emblema. Pero también estaban los otros, los que venían con su música distinta a llenar espacios universales en nuestros gustos, en nuestra cultura, como los ahora legendarios, jóvenes en aquella época, Beatles, Bob Dylan, Joan Baez, Jimmy Hendrix, y otros, que nos movieron a considerar que no éramos muchachos clavados en una parte del mundo, sino que la libertad tenía que ver con la cabeza y las ideas.
Esto lo traigo a colación de una charla que tuve con un joven en Rivera, que asume una posición de que esta juventud de hoy es la más alienada de todas las épocas, y que será muy difícil encauzarlos en cuestiones filosóficas y políticas que logren transformaciones en la vida de la gente y en las comunidades. Y no es la primera vez que hablo con estos muchachos que creen que aquellos jóvenes de antes de la dictadura teníamos otros elementos, que hoy no los tienen.
Es difícil digerir esta historia y encallar en una definición del asunto. Por naturaleza considero que en todas las épocas, las juventudes van superando a las generaciones anteriores, y no creo que esta vez sea la excepción.
Aquella generación me transformó en lo que soy, quizás al decir del Darno, “una generación hambrienta, desprovista…”. Muchachos que sufrimos la dictadura y el cambio radical de nuestras vidas, que no pudimos cantar lo que quisimos, ni decir lo que pensamos, ni hacer lo que soñamos. Metimos nuestros sueños en cárceles de conciencias, e hicimos lo impensado para sobrevivir. Jóvenes, demasiado jóvenes, como para comprender cabalmente lo que hacían nuestros mayores. Pero la dictadura nos cambió a todos, no sólo a los que íbamos a la plaza.
Hoy somos nosotros los que hacemos cosas sin mirar a nuestros jóvenes, muchachos de hoy que escuchan a la Vela, a No te va a gustar, que me encantan, o alguna cumbia que no conozco.
Recuerdo las críticas de varios adultos a mi pelo largo de fines de los 60, a mis opiniones, a mis proyectos. Recuerdo, por suerte, la soledad de mis años previos a la dictadura, y el mundo ancho que se abría.
Sin embargo no éramos mejores. A Dylan no lo conocía la mayoría de los jóvenes amigos, a los Beatles tampoco, y el mundo se perdía en las puertas de los bailes con miles yendo a bailar con las banalidades de los Iracundos, en tanto mi barra seguía construyendo castillos en la atmósfera de la plaza.
Los tiempos no han cambiado tanto. Sólo un poco más de posibilidades de comunicación, que de ser tanta podría ser una moderna forma de incomunicación.
Al joven de Rivera le dije que en realidad nosotros habíamos sido derrotados, que muchas veces les hablábamos a ellos desde nuestras frustraciones, o desde nuestros dolores, o desde nuestro exceso de experiencia. Como estos tipos llenos de rencor que creen que los jóvenes son una especie enferma.

Hoy me enteré que Bob Dylan (Duluth, Minnesota, Estados Unidos, nacido el 24 de mayo de 1941) está cumpliendo setenta años, y eso no hace más que hacerme pensar no solamente en lo viejo que ya está el inspirador del amigo de mi familia, Eduardo Daurnachans (recordado músico y poeta tacuaremboense), sino, en lo viejo que estamos quedando aquellos que éramos tan jóvenes cuando soñábamos tanto. Es que con Dylan, nuestros sueños también van quedando viejos.
Cómo nuestras cabezas no iban a volar, cuando escuchábamos en inglés "Blowin' in the Wind" (Soplando en el viento), en la espectacular voz casi nasal de Dylan, y la traducíamos para comprenderla.

“¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre/ antes de que le consideres un hombre?/ Sí, ¿cuántos mares debe surcar una paloma blanca/ antes de que ella duerma sobre la arena?/ Sí, ¿cuántas veces deben las balas del cañón volar/ antes de que sean prohibidas para siempre?/ La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento,/ la respuesta está soplando en el viento./ ¿Cuántas veces debe un hombre alzar la vista/ antes de que pueda ver el cielo?/ Si, ¿cuántas orejas debe tener un hombre/ antes de que pueda oír gritar a la gente?/ Sí, ¿cuántas muertes serán necesarias hasta que él comprenda/ que ya ha muerto demasiada gente?/ La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento,/ la respuesta está soplando en el viento./ ¿Cuántos años puede una montaña existir/ antes de que sea arrastrada al mar?/
Si, ¿y cuántos años pueden algunas personas existir/ antes de que se les permita ser libres?/ Sí, ¿y cuántas veces puede un hombre volver su cabeza,/ fingiendo simplemente que no ve?/ La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento,/ la respuesta está soplando en el viento.”