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Bienvenidos al blog del Semanario LaOtraVoz de Tacuarembó (ex Acción Informativa).


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viernes, 28 de enero de 2011

Nº 292

 EDITORIAL: 

Gente de aquí y de allá.

Nos fuimos por la 5 y doblamos en la 11 porque queríamos ver gente de nuestra familia de paso, por eso le metimos al pandita más de 250 kilómetros de lo que era necesario si hubiéramos ido por Melo y Treinta y Tres. El destino era la Barra del Chuy.
Así que se acerca la fecha de entregar el semanario, y acá estamos con Ana en el Chuy, lejos, lejos de tantos problemas, pero con la cruz siempre, es decir, no sin ellos.
Es difícil para quien ha vivido tantas experiencias de vida, o para quien ha vivido en tantos lugares de nuestro país, no revivir imágenes del pasado cuando se recorren lugares que antaño visitaba con asiduidad. Es que esas zonas rurales de Canelones y Montevideo las recorría en una “brasilia” vendiendo libros, en épocas que viví en Parque del Plata, o antes, cuando vivía en Montevideo, y salía de excursión a conversar y venderle a la gente.
Cuando cruzamos por la 11 en el pandita, ya pasando San Jacinto, las chacras cultivadas familiarmente aparecían una tras otra. Y me conmovió volver a ver, chacra tras chacra, gente trabajando: hace mucho tiempo que no veía un hombre agachado, en medio de su enorme quinta, arreglando sus propias plantas. Como también a una mujer (bella mujer), azada en mano, limpiando el caño que pasaba por debajo de la entrada de su casa, en la canaleta al borde de la calle. Y gente subiendo cajones a camioncitos humildes, en sus quintas de acelgas y lechugas, entre lecheras, gallinas y cerdos.
Recordé otras épocas, y manejando le comenté a Ana, como cuando anduve vendiendo libros en los alrededores de Salto, en Colonia Garibaldi, Parada Herrería, Colonia 18, es decir, en el corazón del trabajo agrícola del lugar. Comentaba que para charlar con la mujer o el hombre de la casa, debíamos pedir que detuvieran un poco sus labores de clasificar tomates, o frutillas… o esperar a que volvieran del fondo de la chacra pues estaban arreglando las cañerías del riego.
Yo admiraba esa gente. Maravillosa, tremenda. Vender libros era una excusa para conocerlos, más allá de ser el sustento de mi familia en aquella época. Gente que sonreía al recibir gente, y que invitaba a almorzar, o compartir una sombra con un jugo fresco.
Se me dio por pensar en otros pueblos que conozco, ya que hablamos de la tierra. Y nítidamente se me vino Colonia toda (Miguelete, Conchillas, Ombúes de Lavalle, Tarariras, Colonia Valdense, etc...), una parte de San José, una parte de Soriano… En todos esos lugares también vendiendo libros en las chacras, hablábamos horas con cada uno de los matrimonios que nos recibía, en tanto yo observaba sus manos grandes, hoscas, fuertes, y sus rostros de sonrisa amable, de saber lidiar con sus huertos, sus jardines, sus chanchos, su ganado lechero… Jamás  me olvidé de un comentario en Ombúes de Lavalle, cuando yo preguntaba preocupado por qué la gente tenía las puertas abiertas, si no tenían temor de que les robaran. Y una mujer me contestaba que quién iba a robar, si allí no había ladrones, que allí la gente trabajaba.
No hace ni tantos años, quizás quince, no más, aunque he comprobado que en algunos lugares las cosas no han cambiado mucho, y la gente sigue siendo tan laburadora y mansa como en aquellas épocas.
Para mí, hombre muy viajero por mi país, cada vez que veo un queso, un tomate, una frutilla, o una acelga que sé que viene del Mercado de Montevideo, me saltan a la memoria rostros de personas con los que estuve conversando, que conocí en sus propios hogares, y sus hijos estudiantes, ayudando en las zafras. Sin idealizar, pero como otros laburadores en otras áreas, es gente de costumbres y valores claros, precisos, construidos en el esfuerzo y la cultura del trabajo, agachando el lomo en la tierra, transformando el terrón en vida y alimento.
Regresando a estos lares, surcando nuevamente los bordes de Canelones, viendo aquella mujer bonita azada en mano luchando por limpiar su canaleta, o un padre y sus hijos cargando un camioncito de verduras, no podía dejar de pensar en nuestro Tacuarembó.
No sé por qué lo amamos así, pero Ana me decía en tanto mirábamos tanta gente agachada trabajando la tierra, que en Tacuarembó, a esa hora, muchos vecinos de patios grandes estarían tomando mate esperando una oportunidad laboral. Y nos fuimos en la conversación a la gente que espera tanto de los políticos en las elecciones, y suple su esfuerzo por la adulación para conseguir unas chapas y bloques para hacer algo para su casa. Y ni que hablar del vecino que llama a los programas radiales reclamando por la Intendencia porque su canaleta está sucia o tapada, y no entiende que también puede agarrar una azada. Usted quizás piense que el clientelismo político no es patrimonio nuestro, claro, pero incide demasiado, y denuncia características muy saltadas en nosotros. ¿Está tan mal Tacuarembó? No lo sé, seguramente son asuntos culturales.
Nuestra cultura está construida de la relación del estanciero paternal y explotador, y del peón devenido a ciudadano sin empleo. Una vida de pueblo rodeado de estancias, esperando por la carne y la yerba para el mate, cuidando bienes ajenos. De aquella vieja relación del que “yo soy amigazo de mi patrón”, de la antigua relación del “che y usté”, del que en el fondo no concuerdo pero que no puedo rebelarme ante él.
Como el cuento de un abogado amigo que hablaba de un peón que había sido echado de una estancia y no podía recuperar sus pertenencias, sus vacas y su caballo, y le fue a pedir que le recuperara todo. El abogado le dijo que sí, que no había problemas, pero había que iniciar un juicio, a lo que el antiguo peón le contestó: “ah no, juicio no, ¡mire si voy a quedar mal con el hombre!”, y se fue.
Un caso diferente es Paysandú, que se construyó culturalmente sobre la base de familias obreras (Azucarlito, Paycueros, Norteña, Paylana, Mármoles, etc…), y los temas de discusión en sus casas y en sus trabajos eran sus salarios, sus horas extras, sus derechos, junto con los comunes de todas las familias. El sanducero es un pueblo hermoso, quizás de los mejores que conocí, con un alto sentido de la familia, de la solidaridad y del respeto al trabajo.
Parecería que la cultura del trabajo y del esfuerzo propio no es nuestro mayor mérito, porque siempre esperamos algo del poderoso, del que tiene más. Sin embargo éste jamás afloja su cinturón, y nuestro pueblo de sueldos flacos y casas sin embellecer espera que algún día el patrón sea más bueno, o le sobre lo suficiente como para que caiga algo hacia nosotros.
En el pandita, tan lejos, parecería que ni metiendo un cambio en medio del camino, podríamos hacer algo por tanto asunto sin resolver.

Por M.A.O.P.