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sábado, 17 de diciembre de 2011

Nº 334

Editorial
La niña y el muerto
Por MAOP
Este fin de semana anduve por Montevideo. Fui el viernes después del mediodía, luego del reparto del semanario, pues tenía algunas cuestiones personales, como  estar con Ana, mi compañera, que en período de exámenes de facultad no puede viajar a Tacuarembó, como ya se ha hecho común. O visitar a Walter López, mi amigo que está en un proceso crítico de su enfermedad.
A Ana le relato detalles de algunos viajes que hago a través de mensajes de textos. Como una vez que una señora de notebook nueva quería que ingresara el wifi de su casa en el ómnibus, o cuando vi una tropilla de caballos corriendo que nos recordaba al Darno, cantando “Estudio sobre caballos”. Ana contesta, reflexionamos, o nos reímos, pero nos vamos comunicando con anticipación.
Quizás peco de observador infatigable de cuestiones nimias, que no lo son tanto. Es que a veces me siento soldado de las cosas diarias, receptor de sensaciones y cuestiones humanas con las que alimento mi vida. Cuestiones como la misma estupidez de una madre, o la brillantez de una niña, asunto que paso a relatar.
Viajé el viernes 2 de diciembre en horas de la tarde, desde Tacuarembó a Montevideo. Iba en un ómnibus de doble piso sentado al frente, con toda una ventana adelante. Cuando llegamos a plaza Cuba el ómnibus se detuvo un momento, es que en bulevar Artigas y Agraciada, un joven (luego me enteré que tenía 18 años) yacía muerto en la calle con el cráneo destrozado. Una sábana blanca no podía disimular el cráneo hundido, y la muerte allí presente era abrumadora, terrible a mis ojos. A unos metros, una moto yumbo 200 estaba como metida en un desaguadero de lluvias, y detrás un mundo entero de gente impaciente metida en sus vehículos. Lo miré, y miré el entorno, y tristemente me recordó a Chico Buarque, con aquella impresionante canción  “construcción”, que en una parte decía: “…terminó en el suelo como un bulto fláccido/ Y agonizó en el medio del paseo público/ Murió a contramano entorpeciendo el tránsito”
El ómnibus estuvo detenido bastante menos que todos los vehículos que estaban del otro lado, es que la muerte estaba en la otra senda.
Junto a mí, una madre joven se asombró al ver al muchacho inerme y llamó a su hija de unos seis años, diciéndole – ¡un muerto, mirá, un muerto! – La niña acudió y miró, en tanto la madre le señalaba con su índice al joven muerto, que de manos abiertas hacia arriba, asomadas por debajo de la sábana-mortaja, parecía estar asombrado aún de lo que acababa de sucederle.
La madre, excitada, hizo una llamada relatándole a alguien que enfrente tenía a un muerto, y dio breves detalles del accidente. La niña, en cambio, miraba seria, concentrada, haciendo trompa. Desde mi asiento me preocupó más la mirada de la criatura que el propio joven muerto, ya que su muerte era una circunstancia inevitable y consumada, pero para la niña, en cambio, todo lo gratuitamente imbécil proveniente de los mayores, sí era evitable.
Pero de pronto la niña habló desde una lógica que superó ampliamente la frivolidad de su madre y mis propias presunciones. La niña preguntó por la familia del infortunado joven, también por qué lo tenían en el suelo, y por qué no se lo llevaban. Preguntaba con voz mesurada, no desde la inocencia de la que tantos hablan sin saber, sino desde la compasión por el joven que estaba incomprensiblemente solo, y trágicamente muerto.
Quizás yo había pensado en esa soledad del joven, en el drama de morir con tan corta edad, y en los bocinazos de quienes estaban detrás, sin saber del drama. Sin embargo la niña me hizo llegar aún más lejos, y volví a mirar al muchacho muerto de mortaja manchada de sangre, de manos abiertas hacia arriba, y me dolió haberme enterado de su muerte antes que su familia, y pensé en otra madre, en otra familia, en amigos, en el bache inmenso que deja un accidente así.
La niña seguía seria, y yo me preguntaba hasta que edad podría tener esa conmiseración, o a qué edad iba a comenzar su destrucción, y cuánto iría a pesar la influencia de su madre en la destrucción de esa brillante lógica.
Parecería que las personas tenemos mucho más de lo que se cree cuando somos niños, y que luego, con el paso de los años, van siendo asesinadas en nosotros todas esas cuestiones innatas que deberían haber humanizado mejor nuestras vidas.
Lo mató la rueda de un camión, cuyo camionero siguió la marcha sin percatarse del accidente. Fue detenido más adelante. De eso también me enteré después.
Pero el viernes 2, como a las siete menos cuarto de la tarde, cuando avanzamos por bulevar en el ómnibus rumbo a Tres Cruces, en la otra senda, más de tres cuadras de autos, ómnibus, camiones, tocaban bocinas, se impacientaban. Algunos habían bajado y miraban hacia adelante sacudiendo los brazos.
Es que allí estábamos todos, y el joven como ombligo lleno de sangre, y el mundo alrededor de incomprensiones y bocinazos, de soledades y tragedias, desde el ómnibus de espectáculo como de televisión, de conductores y acompañantes que miraban para el olvido, de tres cuadras compactas de demoras en destinos inciertos.
Yo le escribía mensajes a Ana, que me esperaba, sobre lo terrible de la circunstancia, y tuve una sensación tremenda, jodida, de esas que solo un tipo como César Vallejo puede describir en su poema “Los Heraldos Negros”, donde dice “Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como/ cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;/ vuelve los ojos locos, y todo lo vivido/ se empoza, como charco de culpa, en la mirada…”
Es que sentí que todos los que estábamos allí teníamos algo de culpa, que todos habíamos tenido algo que ver con la muerte del muchacho, no con la rueda del camión, sino con nuestros miedos, con nuestra indiferencia, con nuestras elucubraciones. Realmente sentí culpa, y que todos alrededor éramos culpables… menos la niña, que ya había comenzado el luto, que parecía haber acariciado el alma del muchacho y que ahora miraba alguna cuestión incierta. Triste.

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