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sábado, 17 de diciembre de 2011

Nº 333

Editorial
Tránsito: cada loco con su tema
Por MAOP
En los últimos años los accidentes de tránsito en gran parte del mundo son un grave problema. En Tacuarembó no estamos ajenos.
Como ejemplos, en el 2009 hubo en nuestro departamento un total de 1.167 accidentes, con un total de 21 fallecidos. En el 2010, hubo 1.102 accidentes, con 16 muertos. Y en lo que va del 2011, hasta fines de octubre se llevaban contabilizados 936, con un total de 17 fallecidos. En estos días las cifras se han incrementado, ante varios accidentes que se han superpuesto en las fechas, provocando un estado de alarma pública en Tacuarembó.
En las radios hablan de cómo solucionar esta grave situación de caos en las calles que está cobrando víctimas en forma permanente. Los centros de atención de salud están atiborrados de heridos. Un médico forense reclamaba en el programa Adelante de Radio Zorrilla que se usara casco, y que él veía todos los días el resultado de esta situación desenfrenada.
Uno comenta lo que ve, nada más, pero lo que ve, es serio. Por ejemplo el martes en la tarde volvía del centro en el pandita, cuando por mi derecha una moto Zanella Miranelli pilotada por un hombre con su familia, me pasó rápidamente por la derecha, cerca de la plaza de la cruz. Pude mirar rápidamente, ante el fastidio que provoca que te adelanten por la derecha, y vi que delante del conductor iba un niño de unos 5 años sentado encima del tanque de nafta, detrás del hombre, una niña menor, detrás la madre, en el brazo izquierdo de ésta, un bebé colgado, y en el brazo derecho, el mate y el termo. Todos sin casco, supongo que no habría más lugar.
Anoche, cuando volvía de la casa de mi madre, en Varela y César Ortiz y Ayala me detuve en el semáforo en rojo. A mi lado un padre con su hijo en una moto, ambos con casco, detuvieron también la marcha, sin embargo el padre miró calle arriba, vio que no venía nadie, entonces metió un cambio y dobló por César Ortíz y Ayala en rojo. ¿Eso le enseñará a su hijo?
El otro día una motonetista cruzó sin casco, a alta velocidad, por la cebra de la escuela 8, en horas de recambio de alumnos. Hizo caso omiso a los brazos y manos abiertas del inspector que intentaba decirle que bajara la velocidad. La multa que puso fue una anécdota al lado de lo que pudo haber sucedido.
A las tres de la mañana, un día esperando a Ana que volvía de Montevideo, frente a la terminal pasaron unas cuarenta motos. La mayoría con caño de escape libre. Iban rumbo a la ruta 5, seguramente a alguna picada. Los muchachos aceleraban sus motos preparadas, las muchachas se aferraban a las espaldas de sus héroes circunstanciales.
Supongo que cada uno con su vida, con sus historias, con sus responsabilidades. Es difícil evaluar lo que otros hacen, y juzgarlo. Pero se me ocurre pensar que en este caos nadie aprende nada. En esta confusión, no se aprenden códigos generales, sino que cada grupo, como un gueto, tiene el suyo. Los taximetristas el suyo, los motociclistas el suyo, los camioneros el propio, los conductores de autos comunes el propio, y las mujeres u hombres a pie o en bicicleta… cada uno con su librito, con sus razones, con sus ideas.
La intendencia apela a la conciencia de la gente porque no entiende de sicología ni de los derechos de los demás, y mucho menos de las necesidades populares. Nuestra Intendencia entiende de votos y no hace nada que moleste a la sociedad y pueda restarle simpatía. Sin embargo el pueblo necesita un orden, líderes responsables, y estructurar códigos posibles, amenos, comunes.
Existen fórmulas de códigos a universalizar que son las leyes y reglamentos vigentes, y habría que aplicarlos. ¿Por qué? Porque el hombre es un animal de conductas aprendidas y aplicadas. Es como cuando el asunto del consumo de cigarrillos, ya que una vez que se aplicó la ley de restricciones, todos hemos terminado viendo al cigarro de otra forma, en el correr del tiempo. Por ejemplo, si hoy vemos a una madre fumando con su hijo en brazos, nos parece una imagen desagradable, imagen que antes era tomada como normal.
En el tránsito debería ser posible, también. La aplicación de normas idénticas en todo el país, y la universalización de la diagramación de preferencias en todos los centros urbanos, podría dar resultados positivos, en la medida que pase el tiempo.
Las comisiones de ilustres no dan resultados, son comisiones de pueblo que se reúnen sin saber nada, para decir nada, entre las calles apretadas de pueblitos del interior. Son las normas aplicadas con vigor lo que ordena, normas aplicadas con las garantías democráticas presentes, que unifiquen los pensamientos de las personas y que un pueblo entero se mueva en las calles como un cuerpo.
La corrupción, el amiguismo, las elecciones, la avaricia, el desprecio de caudillitos ricos por la vida de los pobres, serán siempre obstáculos para el orden.
En La Paz, Bolivia, conocí los trufi, taxis colectivos que surcan a determinada velocidad las calles trasladando gente en camionetas que se van llenando en la medida que los llaman en cualquier lugar. En esos trufis surcamos con Ana por calles no muy anchas, atestadas de autos en tres o cuatro filas a más de 40 por hora, corriendo de un lado a otro. Pero vi cosas que me asombraron. Un auto iba saliendo del garaje, entonces toda la fila se detuvo para permitir que saliera, nadie asomó su cabeza para insultar. Salió, se unió a una fila, y todos siguieron. En una esquina, un auto atravesado se le permitía el paso, sin que nadie dijera nada. Los conductores, a tan poca distancia, se miraban y se hablaban con los ojos, con las manos. Se dejaban pasar, buscaban la ventaja de todos, no la propia. Cuando vi la velocidad y la cantidad de autos, pregunté cuántos accidentes había por día en La Paz, ciudad de 4millones de personas. Y recordaron uno que había ocurrido el mes anterior. Yo no podía creer, pero era así. La unidad de criterios entre los conductores bolivianos les permitía a todos llegar más rápido al lugar al que iban, pero además, los protegía. Sin embargo, cada boliviano que conocí, en su vida privada, era diferente a otros, y tenían, como todo el mundo, cada uno diferentes apetencias.
Nosotros estamos lejos de esa unidad, somos como dice la canción de Serrat, “cada loco con su tema”, somos individualistas por excelencia, no vemos por los demás y no nos importa nuestra propia vida… o siempre creemos que a los que les pasará algo es a los otros, no a nosotros. O simplemente estiramos la piola, hasta que revienta.

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