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sábado, 17 de diciembre de 2011

Nº 332

Editorial
Veintidós, veintidós
Por MAOP
Los hechos son los siguientes. Un grupo de vecinos formó una Cooperativa de Ayuda Mutua a los efectos de construir sus hogares en Tacuarembó, a través de la Agencia Nacional de Viviendas. Comenzaron a reunirse y a trabajar, y una de sus figuras más activas fue una mujer relativamente joven, impetuosa, que nuestro semanario conoció a través de otras actividades reivindicatorias, en las que demostró una actitud firme y valiente.
Esta cooperativa comenzó a trabajar junto a otras cooperativas formadas recientemente, y han estado buscando la posibilidad de conseguir tierras en un predio que cuenta con los servicios necesarios (agua, luz, saneamiento), terrenos que han estado en discusión entre los políticos locales en los últimos días.
Debido a que esta mujer relativamente joven presentaba características de líder y una firme capacidad de trabajo, el grupo de 32 familias que conformaban esa Cooperativa la nombraron Presidente de la Comisión Directiva, cargo que desempeñó con entusiasmo.
Pasaron algunas reuniones y se comenzó a hablar de las familias de cada uno de los titulares cooperativistas, y en esas instancias fue que comenzaron los rumores. El chisme que circulaba era que la mujer que me referí antes, era lesbiana.
Y en ese punto, si existe algo imprevisible en las personas, es la reacción que puedan tener ante situaciones que están signadas por la discriminación, o por el miedo. Y en ese caso, es imprevisible la reacción, más si esta es colectiva… como terminó siendo.
El chisme corrió hasta que en una reunión de directiva, en casa de una cooperativista, una funcionaria administrativa de un liceo y un trabajador de la industria de la madera hicieron el triste papel de inquisidores, obligando a la mujer, a reconocer que vivía en pareja con otra mujer.
Finalmente, algunos días después, en un Centro de Barrios de nuestra ciudad se reunió la asamblea de esa cooperativa, y para esa reunión se había previsto que cada titular concurriera con su pareja, por lo que esta mujer, que ya había sido cuestionada, se presentó con su pareja mujer, como corresponde.
Fue entonces que se levantaron algunos con dedos acusadores y exigieron que se retirara la pareja mujer de la mujer en cuestión, provocando una situación de tirantez. La maldad se estaba consumando.
Algunas voces, pocas, se levantaron en defensa de la pareja de mujeres, y contraatacaron con que si se iba la pareja de esta mujer, se deberían ir los maridos o esposas de los titulares.
No lo comprendieron, o no escucharon. La furia inquisidora ya estaba en marcha. Veintidós familias se fueron levantando, una a una y presentando sus renuncias a la cooperativa. Se la iban dejando a la presidenta, la mujer a la que me refiero, en sus propias manos. Las veintidós familias decían que la situación era intolerable. Ni por asomo recordaron el valor que le dieron como persona a su presidenta el día que la votaron para ese cargo, solamente se horrorizaron ante algo que no supieron controlar: ¿sus miedos? ¿ellos mismos?... vaya a saber.
Imagínese usted, amigo lector, el dolor de la mujer que recibía las renuncias. Imagínese usted lo que habrá significado para ella recibir el odio y la incomprensión de veintidós personas, que en nombre de sus familias estarían intentando mitigar vaya a saber qué culpas, o cuántos demonios exorcizar,  ejecutando en aquel acto a la pareja de mujeres.
Algunos cooperativistas que consideraron que se estaba discriminando a sus compañeras, aseguran que la “inquisición” estaba “hablada previamente”, y que varias familias ya tenían en mente aislarla por lesbiana.
Esos cooperativistas que se quedaron con la pareja de mujeres, apoyándolas, son nueve familias; gente común, trabajadora (dos enfermeras, una escribana, una funcionaria municipal, una docente, un militar retirado, y otros), que seguramente creen que uno debe luchar por cuestiones realmente valiosas, y que las personas son iguales y tienen los mismos derechos. Quizás quieran enseñarles eso a sus hijos, para que no se confundan, para que no sean retrógrados, para que aprendan cosas buenas de la vida, y que lo que diferencia a las personas son, justamente, las crueldades, como esa.
La pareja de mujeres, más las nueve familias que se quedaron en la cooperativa, y ya doce familias nuevas que se plegaron al proyecto inicial, señalan un camino estupendo, no solamente porque quieren tener sus viviendas, sino que ya eligieron nuevamente a esta mujer como presidente de la Comisión Directiva. Y lo bueno que ahora también son veintidós… un veintidós como respuesta, son la redención de lo humano, como marcando un camino mejor. Por suerte estos veintidós ya saben que la tolerancia es un marco ideal para la democracia a la que deberán atenerse, cuando sigan adelante con su proyecto de viviendas.
La contracara es el odio, son esas veintidós familias disidentes, que formaron otra cooperativa luego de creer que purgaron los demonios de su seno. Es que no me explico qué pasó por sus cabezas, al punto que discriminaron e intentaron un linchamiento moral, desconociendo los derechos de cada uno, más allá de los nuevos marcos jurídicos que contempla la situación de las parejas gay. Supongo que estos veintidós titulares cooperativistas pueden ser buenas gentes, pero es innegable que en determinado momento no supieron dominar sus prejuicios, y dieron rienda suelta a lo peor de ellos.
Entonces me pregunto, además, qué hubiera pasado si el cooperativista homosexual fuera un hombre. Estoy casi convencido que no se lo hubiera discriminado tanto, por lo que no solamente la discriminación tiene que ver con la condición de lesbiana de esta mujer, sino por el hecho mismo de ser mujer. Supongo, por lo tanto, que existe una doble discriminación.
Es que el odio se ensaña con los más débiles, con mayor frecuencia. 
Para quien entienda que el sistema cooperativo es fundamentalmente solidario, se quedará con la presunción de que estas veintidós cabezas de familia disidentes no saben lo qué es la solidaridad, y seguramente tampoco saben del respeto, del valor de los vecinos, más allá de la discriminación expresada en forma abierta y violenta.
He escuchado historias de discriminación que me han preocupado, pero la sucedida en Tacuarembó me ha causado un malestar extra, porque es demasiado jodida y está aquí.
¿Qué se puede hacer? Supongo que escribir sobre ella ya es algo, y denunciar este pretendido linchamiento moral es necesario, porque importa que la gente considere estos asuntos y no se confunda más.
No pretendo hablar de la homosexualidad, ni justificarla, pues ya estaría haciendo diferencias al intentarlo. Solamente hablo de personas que tienen diferentes opciones, que no joden a nadie, que quieren construir proyectos, que buscan espacios para ser felices, o que lo intentan por lo menos. Solamente hablo de personas que viven y trabajan y se aferran al amor, como sustento de cada día.

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