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sábado, 17 de diciembre de 2011

Nº 329

Editorial
2 de noviembre y la muerte
Por MAOP
El pasado miércoles 2 de noviembre se celebró el día de los difuntos, o día de los muertos, en gran parte de América Latina. En Uruguay también, pero los informativos dicen que ha venido perdiendo convocatoria, y que la gente ya no concurre en forma masiva, como antes,  a los cementerios, donde se encuentran los restos de lo que fueron sus seres queridos.
Siempre me plantee esta situación de la muerte, no sólo como cuestión filosófica, sino como una cuestión social, y jamás me conformó esa vaga idea de que la muerte nos iguala a todos.
En nuestra sociedad ha calado muy hondo el concepto cristiano de resignarse y esperar por la justicia divina. Durante siglos, le enseñaron a los pueblos que en estos pocos años que dura la vida, uno debe soportar las injusticias del hombre, pasar por todo tipo de pruebas, y demostrar que se está apto para esperar la otra vida, la vida eterna, en la que sí habrá justicia, y el alma encontrará paz y felicidad.
Para los cristianos la muerte es una cuestión moral, pues plantea a los creyentes las posibilidades del infierno y del cielo, de la vida mala, o de la vida buena, y el castigo o el premio, más allá de la vida, en la muerte misma, o vida del alma. Para los cristianos la muerte forma parte de la vida, y sostienen que no es una ruptura especialmente importante, que como Jesús resucitó, todos resucitaremos con él.
Para las civilizaciones precolombinas, en cambio, la muerte era un paso hacia otra dimensión. Cada uno era después de la muerte, según cómo muriera. Los guerreros muertos en combate, por ejemplo, iban al reino del sol, gobernado por Huitzilopochtli (representado por un colibrí), el dios de la guerra. Ellos volvían unos años después convertidos en pájaros. Para ellos, la muerte era un hecho natural, como parte del ciclo de la vida.
La reducción de las culturas americanas por parte de la Iglesia, significó inyectarles el miedo a la muerte, y el miedo a la vida, condenándolos a la resignación y a la esclavitud, en sectores importantes de su población.
Civilizaciones enteras fueron inducidas a creer que la muerte nos igualaba a todos, y que si éramos obedientes y resignados, éramos buenos e iríamos al cielo, en tanto los poderosos disfrutaban de su poder en vida, gracias a la mansedumbre de sus trabajadores.
Hablaba con un amigo el otro día, que también decía que la muerte nos iguala. Y sostengo que no, porque no nos puede igualar la no existencia. No somos iguales cuando no existimos, pues no somos, simplemente. Pero antes, ni siquiera nos igualamos en el momento de morir, pues si no fue justa la vida, es de esperar que jamás pudiéramos serlo a la hora final. Supongo que creer en la igualdad en la muerte, es creer desde la vida en una muerte oscura e incomprensible. No creo que un solo cristiano tenga tanta fe como para no haber dudado alguna vez.
Séneca (4 aC- 65 dC) decía que la muerte para alguien en particular no significa nada, nadie la conoce, pues en el momento de la muerte todo desaparece, nos volvemos insensibles. Seguramente podemos sentir el dolor que provoca la muerte de un familiar, pero no la propia.
Saltando la historia, 20 siglos después, Jean Paul Sartre (1905 – 1908) dijo que la muerte no es una cuestión que le pertenezca como fin de su propia vida, la muerte es de otros cuando sucede, y simplemente es el límite para los proyectos personales, proyectos que uno está condenado, además, a no poder cumplir en su totalidad, o a simplemente fracasar. En su obra “El ser y la nada”, como cuestión ontológica (lo que existe) sostiene que uno es en tanto vive, y que la libertad es nuestro objetivo. Dice: “yo estoy condenado a existir para siempre más allá de mi esencia, más allá de las causas y de los motivos de mi acto: estoy condenado a ser libre”. El “para siempre”, es su idea de la “trascendencia” del hombre, como vida útil, que trasciende su propia vida, aún después. En la nada como individuo, quedará su obra, la que sea.
Supongo que los acontecimientos de los siglos XIX y XX cambiaron para siempre a la humanidad, acontecimientos como la revolución industrial, y luego el marxismo, o la irrupción de la clase obrera organizada sentada en las mesas de discusión, o haciéndose fuertes hasta morir, en causas que pudieran ser triviales antes, pero que pronto tuvieron un grado de trascendencia notables, como el salario, o las jornadas de trabajo, o las condiciones del mismo.
Y la muerte fue cambiando en su consideración, fundamentalmente en la última parte del siglo XX, en el mundo occidental, con el cambio social que fue sucediendo. Para las luchas obreras, o las revoluciones, la muerte era una alternativa en el proceso de lucha por los cambios y por la justicia, despreciando el concepto cristiano de la resignación y la justicia divina, que aplacaba a los hombres, muchas veces esclavizándolos, como sucedió en la América después de Colón.

Hoy, tan campante, la lucha continúa entre los sectores de la sociedad, pero en el devenir, van cambiando los escenarios, cambian las guerras por las sutilezas, y sigue cambiando la idea de la muerte. En el mundo nuevo y globalizado, entre una vorágine de tecnologías que las inmensas mayorías no comprenden aún, el hombre va quedando cada vez más solo.
El miedo al fracaso personal va cobrando mayor sustancia, en tanto el éxito económico y social es el arquetipo inculcado por el nuevo dios que domina los medios de comunicación masivos, la producción industrial al nivel planetario, la moda, el consumo, la vida misma. Usted comprenderá que el nuevo dios es el mercado y sus divinidades, son las grandes empresas trasnacionales.
La muerte ya no es cosa divina, inclusive en sociedades orientales, va dejando de ser una cuestión de honor, o parte del ciclo de la vida, El concepto de la muerte se va globalizando, y el hombre, cada vez más solo en medio de más gente, siente que una suerte de conceptos que sostenían su vida, se le han ido escapando de las manos. Entonces la muerte se particulariza, y el hombre se condena a sí mismo. Es que le están enseñando ahora a sentir culpa por su propia vida y por su propia muerte. Mientras tanto, las sociedades se van volviendo más indiferentes ante la muerte de otros, y muchas veces la consideran un espectáculo de televisión. Lo vemos casi a diario.

Me preocupa que la gente insista en pensar que la muerte nos iguala, pues en el fondo sigue creyendo que la igualdad está después de la vida. Me preocupa que no se comprenda que la muerte es desigual siempre, pues no es lo mismo morir aplastado por un árbol, o morir de hambre, o de frío, o como carne de cañón, que haber muerto después de la fecha prevista, gracias a que se tuvo dinero para prolongar la vida. No es lo mismo morir sin haber tenido ninguna oportunidad.
Es bueno saber que existen personas que mueren con dignidad, a pesar de todo, pues son conscientes que lucharon toda su vida, y aceptan que todo termina, pero en el fondo comprenden que algo dejan. Hay ocasiones en que los viejos son la esperanza.
Nosotros, que estamos llenos de rituales, queremos entender por qué cada vez vamos menos al cementerio, o por qué los sepelios cada vez son más breves. Quizás tenga que ver con los nuevos paradigmas.
Prefiero la literatura, y ser sensible ante el dolor del otro, y me quedo con el sentimiento expresado por Miguel Hernández ante la muerte de su amigo Ramón Sijé, en su poema “Elegía”, cuando nos dice que seremos alimento de la vida, y me hace pensar que ojalá alguien me llore como Hernández lloró a Sijé: “Yo quiero ser llorando el hortelano/ de la tierra que ocupas y estercolas,/ compañero del alma, tan temprano./ Alimentando lluvias, caracolas/ y órganos mi dolor sin instrumento/ a las desalentadas amapolas…”
Prefiero pensar, entonces, que seremos carne para más vida, y que seremos flujo constante. Prefiero esto, aceptar sin resignación que seremos alimento, y que debemos luchar por nuevos paradigmas, aún creyendo en el Hombre Nuevo del Che, que aún existe, en el concepto.

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