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domingo, 25 de septiembre de 2011

Nº 322

EDITORIAL:

El Imperio, Ana y yo
Por MAOP
El fin de semana pasado anduve por Montevideo, ciudad solidaria y bella, que en diferentes épocas de mi vida me fue enseñando valores que intento cobijar.
El sábado era gris, pero salimos igual del apartamento con Ana María, tomando mate con termo bajo el brazo, caminando por Gaboto, desde Guayabo hacia la rambla.  Los edificios de Montevideo tienen una cosa añeja y misteriosa, y parecen hechos para esos días como el sábado, de cielo gris apretujado, no de tanto frío, pero con ese aire de olor a mar que te llega suave a tu piel.
Saqué algunas fotos de casas antiguas, de puertas coloniales, o alerones de tejas, o macetas de flores entre rejas. Los sábados, Montevideo parece tener menos gente.
A las diez cuadras de caminar, llegando a la rambla, un enorme edificio entorpecía la calle y la torcía hacia la derecha. Era la embajada de Estados Unidos, que acabábamos de descubrir.
Levanté la cámara y le saqué un par de fotos, a lo que Ana me comentó - ¿justo hoy? – y nos reímos, porque era el 10 de setiembre, vísperas de los 10 años del ataque a las torres gemelas de New York. – Ahora viene algún milico – le contesté en broma, y nos cruzamos algún otro mate.
- Señor, señor – escuché detrás de nosotros, y era, efectivamente, un agente (Silva nos dijo). Amable sin dudas, pero me preguntó si éramos turistas y si no sabíamos que no se podían sacar fotos al pabellón de Estados Unidos. No lo tomé en serio y le gasté alguna broma, pero le dije que no era turista, que era periodista y andábamos paseando. El agente Silva me hizo saber que de adentro nos estaban mirando a través de cámaras de seguridad, y que por favor borrara las fotos que había sacado del edificio. Le dije que no las borraría, y se las mostré. Le hice saber que podía sacar fotos de donde quisiera y a los yankees les puse algún adjetivo seguramente despectivo. Luego nos despedimos, y el agente, de boina, pistola  y lleno de bolsillos y cueros, se fue hablando con su hombro.
Al cruzar la rambla, el edificio gris de la embajada parecía seguir mirándonos, y fui aquilatando el tonto incidente que acababa de ocurrir.
Volvimos porque había empezado a llover, pero de pronto tuve la verdadera dimensión del incidente, cuando vimos acercarse un patrullero a la embajada y nosotros estábamos en medio de la rambla, junto al río de la Plata, armados con un mate, un termo y una humilde maquinita de fotos.
Hacía mucho tiempo que no sentía esa fragilidad.
¿Qué significábamos nosotros, Ana con sus reivindicaciones indígenas, con sus luchas sociales, con sus libros y su fresca inteligencia, yo, con mi semanario de pueblo, mis dibujos y mis historias contadas? Nada. Para ellos no éramos nada, solamente un peligro.
Conjeturamos con que por ese simple incidente, vaya a saber si alguna vez ella pudiera volver a Estados Unidos (estuvo en la ONU, en New York, y en el BID, en Washington, hace pocos años), y yo, difícilmente, pues tuve el tupé de apuntar al Imperio más poderoso de la historia con una Samsung L210 de 10.2 mega pixeles, y seguramente estaremos ya en sus neuróticos registros, hasta el fin de los días.
El 11 de setiembre de 2001 murieron en Estados Unidos 2.973 personas, debido a atentados que ocurrieron contra las torres gemelas de New York y el Pentágono en Washington. Tres aviones tomados por terroristas chocaron contra estos objetivos. Un cuarto avión fue presumiblemente derribado sin llegar a su objetivo.
Todos supimos que ese día cambiaría la historia de la humanidad, y la bestia herida, el imperio, respondió de la forma más tenebrosa que pudo haberlo hecho. Invadió, con excusas mentirosas que luego fueron descubiertas, a Afganistán e Irak, provocando, al cabo de estos años, más de un millón de muertos. Destruyó más de 500 edificios importantes, miles de hogares de civiles. Mató a gente de todas las edades y violó los derechos humanos en forma indiscriminada.
Estas dos guerras costaron más de cinco billones de dólares. Dinero más que suficiente para terminar con el hambre y la enfermedad en África, o elevar al rango de desarrollada a toda América Latina.
George W. Bush utilizó la muerte de sus conciudadanos y las invasiones a pueblos desprotegidos, no solo para controlar el petróleo de esos países o los puntos geopolíticos militares que representan, sino para volver a ser electo presidente. Muchos recordarán la oportuna amenaza de Bin Laden, pocos días antes de las elecciones, que se hizo pública, y decidió que el pueblo yankee resolviera seguir con su perro guardián en la puerta de su casa.
Al cabo de un siglo, Estados Unidos ha asesinado más gente que cualquier otro imperio en épocas pretéritas, y su afán bélico tiene como objetivo sostener el poder planetario, y los privilegios económicos de las corporaciones que sostienen el sistema. Porque ni siquiera le interesa sostener su propia economía social, que se ha resquebrajado en negocios inmobiliarios inhumanos, y detenta niveles de pobreza superiores a los de Uruguay.
Sostienen un aparato de inteligencia, seguramente superior a lo que nos podamos imaginar, y toma, casi “normalmente”, medidas esquizofrénicas para preservar “su seguridad”.
No puedo negar que luego de haber apuntado al imperio con mi maquinita de fotos, se me cruzaron todas estas cosas por mi cabeza, luego de esa ingenua circunstancia vivida con Ana María.

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