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domingo, 4 de septiembre de 2011

Nº 320

EDITORIAL

Cruces de esquinas
Por MAOP
El 22 de agosto pasado abrí mi correo virtual y me encontré con un comunicado de la Jefatura de Policía que contaba de tres accidentes “graves” ocurridos el 21, catalogados así por quienes informan desde la ayudantía policial.
En Sarandí y Varela dos hombres quedaron tendidos en la calle, padre e hijo (70 y 45 años), con diferentes heridas, cuando cruzaban en moto la esquina, justo cuando un auto pasaba con preferencia por Sarandí.
En la esquina de Julio Grauert y Figueroa dos jóvenes chocaron sus motos y tuvieron heridas de entidad.
En la esquina de Rivera y Dr. Catalina, dos motos chocaron y un adolescente y un niño sufrieron lesiones importantes, aunque uno de los conductores salió ileso.
Estos tres casos en un solo día provocan, en alguien que solo ve las iniciales en la pantalla de su computadora, un estado repentino de tristeza. Sin embargo uno imagina cómo estarán las familias en estos momentos, viviendo estas lesiones graves de seres queridos, porque lo ha vivido en la propia familia, o en amigos cercanos a alguno de nuestros hijos.
Nos está llegando a todos este virus de la irreverencia en las esquinas, de “suponer” que del otro lado no viene nadie, o que en la esquina, quien venga no podrá distraerse y sí o sí, deberá respetar la derecha.
Nunca es así. Somos bestias que creemos que viviremos siempre, y que algo místico nos protegerá cuando damos rienda suelta al atrevimiento de sacarle la lengua a la muerte.
El mismo día que abrí mi correo, pero en la tardecita, iba por 18 de julio en mi pandita, y un conjunto de motos, casi todas sin luces y sin patentes, cerraban la calle transitando despacio. Charlaban entre ellos. De pronto un motociclista levantó la rueda delantera y aceleró una cuadra completa. El joven giró la moto allá en la otra esquina y esperó con una jovencita aferrada a su espalda, a que llegara el grupo que acababa de abandonar.
Al grupo de motociclistas que cerraban el paso debí hacerles cambios de luces para que me dejaran pasar, y algunos me miraron con arrogancia, desafiantes, hasta que comenzaron a abrirse. Pasé y les levanté la mano agradeciendo, pero el primero me miró desafiante. De pronto escuché un simpático grito “Miguel” de los motonetistas que venían detrás, pero ya estaba pasando al frente y no logré ubicar a quien me saludaba, entre ellos.
El rugido de la moto que levantaba la rueda me hizo acordar a los felinos machos cuando levantan la pata y mean marcando el territorio. Y el grupo de motos me recordó, una vez más, que somos bestias que buscamos, en bandos, tener nuestros espacios de dominio, como una cuestión que está en nuestra conducta, metida desde siempre.
Todos competimos en las calles, como en diferentes lugares de la vida, y muchas veces pagamos precios altos.
Regulamos esas conductas metiendo leyes y decretos o reglamentos, pero es difícil frenar esa cuestión animal que nos impulsa a creer que somos capaces de trasvasar los límites y salir indemnes. El asunto es que también allí, a través de los reglamentos, seguimos siendo bestiales.
Hace poco una denuncia penal contra el director de tránsito se cuajó debido a que el jerarca se enteró que varios inspectores de tránsito estaban recogiendo firmas para realizar el trámite judicial.
Iban a denunciar que personas multadas por infracciones en la vía pública, infracciones que no son leves, concurren a la Intendencia y jerarcas les bajan considerablemente los montos a valores muy menores. Lo hacen con correligionarios o amigos.
Los inspectores querían denunciar que los jerarcas municipales que realizan las quitas de las multas estaban perjudicándoles económicamente, pues el 50% de las multas les corresponde, como parte de sus ingresos.
Los inspectores de tránsito señalaban en la denuncia que finalmente no se realizó, de que estas prácticas se habían incrementado con el ingreso del ex edil del Partido Colorado Juan Carlos Osorio a la Dirección de Tránsito. Además daban un mensaje moral, sobre la pobre imagen que da la Intendencia, cuando es arbitraria a la hora de beneficiar a algunos, en detrimento de los demás.
Esta denuncia se cuajó porque “siempre hay algún loro”, como me dijera uno de los inspectores que ya había firmado, y el director de tránsito se “desquitó”, así me lo dijo, poniendo horarios incómodos y desacostumbrados a sus subordinados, y provocando temor entre varios de los inspectores que aún no habían firmado la denuncia.
Varios firmaron, otros no, entonces resolvieron dejar en suspenso la denuncia penal, que por miedo no prosperó, cuando al principio, prácticamente todos los inspectores estaban de acuerdo en realizar.
Entonces si consideramos que los inspectores son los representantes del bando de las buenas costumbres sociales y son los que implementarán el orden necesario en las calles, y si tenemos en cuenta la bronca que deben tener, más de un inspector, cuando no son debidamente respaldados en un trabajo que muchas veces es peligroso, volvemos entonces a hablar de los espacios de poder que nosotros, animales de conductas imprevistas, muchas veces ejercemos y no medimos consecuencias.
Las calles de Tacuarembó representan cada vez más un peligro porque hay cada vez más vehículos, pero no porque las personas estén cambiando. Las debilidades disfrazadas de fortalezas son ancestrales, y en nuestras calles, dos bandos pugnan por el poder en las esquinas, y ninguno es menos animal que el otro.

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