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miércoles, 27 de julio de 2011

Nº 312

Editorial



Hablando de referéndum

Encima de la mesa de cada uruguayo hay varios temas de la vida nacional que muchos buenos vecinos no digieren, o no los conocen, o simplemente no tienen elementos como para evaluarlos.
La izquierda tenia determinados resortes intelectuales que le permitía definir rápidamente qué era bueno para el país y que no, qué atentaba contra la soberanía y qué no, qué definía a un revolucionario, y que no. Sin embargo se ha ido perdiendo esa agilidad, y las cuestiones se discuten en ámbitos cerrados, los partidos políticos no bajan la información a sus bases, y el pueblo va quedando afuera de la conducción del país, y sin saber qué pasará con él.
Al asunto al que apuntamos hoy, es a que cada vez se suman más y más temas planteados por el gobierno central, que van provocando sacudones fuertes, en primer lugar, en la interna de la fuerza política Frente Amplio, y luego en el resto de los partidos.
Los motivos por los cuales el FA se siente sacudido, quizás tenga que ver con la diversidad de intereses que la fuerza política representa en su interna, y que, frente a cada asunto planteado que atente contra algún fragmento de la sociedad, algunos sectores saldrán a defender o a atacar, o viceversa.
Hace años, en nuestro semanario planteamos que cuando el FA se fuera consolidando en el gobierno, la discusión ideológica se iba a plantear en el seno de su fuerza, pues era en ella que determinados asuntos iban a laudar o no. Y no hablaba de discusiones de comité o boliche, sino de la vida misma del país. Ya está sucediendo.
Si partimos del debate sobre los derechos humanos, si continuamos con el impuesto a la tierra a grandes hacendados, le ponemos también Aratirí, le sumamos la asociación de públicos y privados y el tema de AFE, y encima le agregamos el referéndum para consultar al pueblo sobre algunas de estas cuestiones, le estamos dando a la gente una responsabilidad demasiado grande, que seguramente alguien no sabe resolver.
Es indudable que el instrumento “referéndum” tiene una conexión directa con la democracia, sin embargo plantearlo para resolver asuntos que ya deberían estar laudados en la conciencia de un tipo de izquierda, es como intentar lavarse las manos, y trasladar asuntos demasiado grandes, demasiado técnicos, o de principios, que la población en su conjunto seguramente no está en condiciones de dirimir.
Algunos podrán pensar que es un instrumento de expresión directa sobre los temas fundamentales, pero que debilita, si su uso es frecuente, a los poderes legislativo y ejecutivo. Es posible, aunque a nosotros nos gusta que nos pregunten sobre lo que nos afectará directamente.
El problema es que la democracia, concebida como parlamentarista, se limitaría a la elección de sus representantes cada 5 años, cuando la vida de hoy tiene un dinamismo que antes no tenía.
Por eso creemos que si se va a seguir con el instrumento referéndum, sería muy bueno que el debate de la tierra se trasladara al conjunto de la población. Ahí está, en el tema tierra, la Nación, el País, la Soberanía. Si se piensa hacer un referéndum sobre Aratirí, habría que hacerlo para saber en manos de quiénes está la tierra, y cuánto queremos poner límites a su propiedad en manos de extranjeros, por ejemplo.
El asunto de la tierra está ligado directamente a la distribución de la riqueza, o mejor dicho, a la concentración de la riqueza. Por eso, si vamos a consultar al pueblo, habría que preguntarle si la tierra es la Patria o no, y cuánto hay de soberano en que la industria que produce lo que sale de ella esté en manos de extranjeros. Y hablo de la carne, la cerveza, el arroz, la soja, los árboles, hasta de los lugares turísticos, que ya están dejando de pertenecernos. Ahora es el hierro.
Éramos un país que no teníamos nada. Ahora resulta que somos un país con petróleo, gas, hierro… y sigue, o seguirá la cuenta. Sin embargo, cada día que pasa nos vamos quedando sin algo, y pronto la mayoría terminaremos aspirando a ser empleados de extranjeros en nuestro propio país.
Por eso creo que la discusión se debería centrar en qué hará el Estado con los recursos naturales, y cuánto se apuesta para que la producción nacional provoque una transformación inteligente, culta, digna, para el pueblo. No hay un solo libro que diga que una multinacional beneficia a algún país del tercer mundo.
Ninguno de esos asuntos debería ser considerado como un tema suelto. El conjunto de ellos tiene que ver con la discusión sobre qué país queremos, y qué pretendemos para el futuro de nuestros hijos y nietos.

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