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sábado, 4 de junio de 2011

Nº 309


EDITORIAL:

LO QUE QUEDA, VALE LA PENA
Por MAOP.
Sé que es un privilegio conversar con mi madre a sus casi 91 años. A la vejez se llega de varias formas, hay algunas más duras que otras, sin embargo, el camino que ella eligió fue el de convertir sus años en un cúmulo de sabiduría, a la que recurrimos, como un privilegio, sus hijos, nietos y bisnietos.
No espera nada… acude ella misma, escrudiña, hace cosas por su cuenta, a veces sorprende a los médicos. Vieja socialista de muchos años, no ha perdido sus convicciones, y por el contrario, las reafirma con su visión crítica de las noticias del país y del exterior, y se preocupa notoriamente del mundo que nos quedará a los que la seguimos.
Hago esta presentación porque el otro día conversamos sobre los acontecimientos en las plazas de España y del resto de Europa, en las que los jóvenes, y no tanto, han acampado en forma permanente, reclamando Democracia Real Ya, ante el fracaso del sistema, como ellos sostienen. Consideran que la democracia real no existe, pues está condicionada por la presión de las multinacionales, y que los gobiernos, sean de la ideología que sean, no cumplen con lo que pregonan en sus discursos.
En la plaza “La Puerta del Sol” en Madrid fue donde nació este movimiento que funciona a través de asambleas abiertas, y se ha extendido a casi mil asambleas más en el mundo (casi toda España, Europa y otros lugares remotos)  Ya son decenas de miles de jóvenes comprometidos a lograr lo que uno de los líderes define sencillamente como: "Hemos conseguido que muchísimas personas participen con ideas en la construcción de un nuevo futuro"
Para mi madre, Rosa Rodríguez, las cuestiones de España la sacuden. Es hija de don Juan Rodríguez, carpintero que se vino joven de Canarias en épocas duras para Europa, anarquista e instigador de la primera huelga grande que ocurrió en Tacuarembó, a finales de la década del 20 del siglo pasado, cuando se estaba erigiendo el Hospital Regional.
Preocupada por las idas y venidas de la política en Uruguay y el mundo, de las izquierdas que tambalean, ella percibe que estos movimientos de jóvenes en las plazas de España son esperanzadores.
Creímos estar en presencia de una “movida” a nivel planetario, que conformarán nuevas concepciones filosóficas y políticas, y romperán las estructuras, incluso las que nosotros, ella y yo, hemos defendido a lo largo de nuestras vidas.
Tengo un taller de dibujo artístico en un Centro de Barrio al que concurren entre 8 y 10 niños, de 7 a 12 años. He descubierto entre ellos algunos enormes talentos, e intento motivarlos para que encuentren en la punta de sus lápices un pedazo de su alma. Hagan líneas, les digo, rompan las estructuras, insisto, rayen sin miedo, aliento, y ellos se traban en búsquedas, de esas que luego no tienen retorno.
Creí oportuno contarle a mi madre, en medio de la conversación sobre los jóvenes de Las Puertas del Sol, una anécdota de mi taller. En el último encuentro hablé con ellos de lo que creo es el arte, y la necesidad de que comiencen a expresar en hojas en blanco lo que sienten, cuando ven situaciones de injusticia, cuando encuentran que algo los conmueve, o cuando sienten una profunda motivación.
Les leí un breve cuento de Juan Gelman en el que un niño desnutrido ve un soldado armado en la puerta de un banco, con una mirada que “es mucho más vieja que él”. Los chiquilines se conmovieron y fue un disparador de ejemplos y situaciones vistas por ellos que mostraban sensibilidades exquisitas. Pero fue en medio de esos ejemplos que la más chiquita, un bella niña de apenas 7 años, que me dijo: “a mí lo que me dolió mucho fue ver a los niños de Haití cuando lo del terremoto…”. Yo tuve que sentarme, la tenía a mi lado, y pensé que cuando vio las imágenes en televisión apenas tenía 6.
Cuando le conté esto a mi madre, ella sonrió. Sonrió con una sonrisa sin tiempo, una sonrisa mucho más joven que ella… entonces le dije, “no te preocupes, que a pesar de todo, lo que están dejando ustedes, vale la pena”

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