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lunes, 16 de mayo de 2011

Nº 306


EDITORIAL:
Calamidad
Por MAOP.
En este trabajo uno vive pendiente de las noticias, y se informa por todos los medios posibles de los problemas del departamento. Por eso es que tengo la posibilidad de tener elementos siempre como para hacer esta editorial, y hablar con usted, como si fuera mano a mano.
Sin embargo, a pesar que uno intenta ser profesional en esto, es complicado escribir sobre asuntos que a uno le afectan en su conciencia, pues quisiera a veces salir con una bandera a la calle y gritar en cada esquina. Pero claro, usted pensaría que estoy loco y en el futuro me trataría, quizás, como leproso.
Es que uno ha vivido tantas decepciones. Una de las últimas es haber visto más de una vez a un conocido “contacto” entre mafias locales en la puerta de un jerarca policial, hablando “en secretos”, como este contacto suele hacer. Lo conozco. Cuando publiqué los abusos de un oficial de policía con un joven, hace años, antes de conocer a mi actual compañera, él se encargó de asustar a una buena amiga que tenía, y querer averiguar “cosas mías”, a través de ella.
Otras decepciones: algunas noticias de contrabandos “permitidos” que dan escalofríos. Entonces me pregunto: ¿de qué lado están los buenos?
Otros compañeros hablan sobre la Ley de Caducidad, pero digo ¿qué derecho tiene el MLN de meter cuchara en un tema que no les pertenece, pues los torturados, muertos  y desaparecidos, desde el 73 en adelante, en su mayoría no pertenecían a sus filas?
Y sobre la baja de imputabilidad, me remito a lo escrito por Diego Fau en el interior de este semanario. Pero duele, por ejemplo, que quienes tienen en negro y explotan a la mayoría de jóvenes entre 15 y 17 años en el país, según las últimas estadísticas, y no los respetan como personas, hoy los discriminan y pretenden demonizar la juventud.
Por eso, decepcionado un poco, no entregado, hoy voy a escribir sobre “Calamidad”, mi gata.
“Cala”, como la llama Ana (yo le digo gata) llegó a esta casa antes que yo. La trajeron un 24 de diciembre de lluvias, Lumi y Pamela, el hijo de Ana y su compañera, recogida casi muerta de Boulevard Rodríguez Correa, mojada y abandonada.
Cuando yo vine a la casa de Ana, de visita prolongada, por esos misterios de la vida la gata se hizo mi amiga. A todo el mundo mordía o arañaba, menos a mí. Y nos fuimos tomando confianza, tanto que cuando paso horas frente a esta computadora escribiendo notas para este semanario, o mis cuentos, ella se mete en los estantes, o encima de las pilas de diarios, y duerme, pero cada tanto me mira con esos ojos entrecerrados de los gatos, como que no te miran pero vos sabés que te están escrudiñando hasta el fondo de tu alma.
Arisca sí, pero generosa. Democrática más bien. Los gatos del barrio durante un año hicieron fila, y tanto un precioso gato negro, como un barcino de la vuelta, o uno tipo blanco con manchas negras, o uno atigrado, todos fueron sus novios y otros que no alcancé a ver, pero sí escuché sus maullidos enamorados, de todos tuvo crías. Durante un año desparramamos su progenie a todo Tacuarembó e hizo felices a muchos niños, pero tres pariciones en un año parecían una locura. Decíamos, ¡ta, no puede ser!, pero era. Hasta que al fin la llevamos, no sin dolor, al veterinario para esterilizarla, y luego engordó y se volvió más casera aún.
Yo me maravillaba con verla como madre. Estupenda. Juguetona. Y me asombraba en ver cómo le enseñaba a sus crías las artes de la caza, y les ordenaba sus movimientos.
Resolvimos dejarle un hijo, pero murió, joven intrépido, debajo de un auto. Fue un accidente que lamentamos, pero los demás hijos, a todos, los ubicamos en casas de amigos.
Hace demostraciones de inteligencia que a veces sorprenden. Como una vez que estuve enfermo, y ella subía a la cómoda para mirarme. O cuando saltó desde el piso al pecho de Ana, para girar y mirarme estando yo convaleciente, cosa que jamás hacía.
Es amiga de unos buenos vecinos que visita todos los días. Cada tanto pasamos en el pandita frente a su casa y ella levanta su arrogante cabeza para vernos pasar, hundida en un mullido sillón que le ponen expresamente para ella. Hay hembras que tienen esa naturaleza, son traidoras. Allí le dicen “Ninja”, yo no sé por qué, pero la alimentan también y la dejan subir a las camas (yo no) El vecino tuvo un percance de salud que le ha cambiado la vida y tiene dificultades motrices, y le contaban a Ana que cuando va, se acurruca en su falda y el vecino queda feliz.
Decía que en mi trabajo siempre me ha acompañado, pero ha sido selectiva. Ella me ordenaba los tiempos que tenían que estar mis entrevistados, y los corría a su voluntad. Por ejemplo, cuando estuvo el General Raúl Mermot con García Pintos (¡qué nenes!), mi gata se subía una y otra vez a la falda de Mermot y yo, grabador en mano, con el pie intentaba correrla, pero con ella, evitar que haga lo que desea, es misión casi imposible. Mermot la acariciaba, pero ella en su falda intentó morderlo, y el militar optó por irse pronto de la entrevista.
Como dije, es democrática, pues cuando estuvo en mi casa Julio Marenales, también hizo lo mismo. Pero don Julio abrió sus manos con cara de fastidio y yo tuve que soltar el grabador, sacarla de su falda, sacarla de casa y cerrar la puerta.
Con MIchelini fue distinto. La última vez que estuvo el senador mi gata no lo vio, pero la anterior, se subió a su falda y se puso mimosa. Cosa de hembras, pensé.
De Bonomi y Tabaré Viera también probó sus faldas. Bonomi fue más arisco que ella, y yo no sabía hasta dónde estirar el pie para evitar que la gata subiera sin que el Ministro se disgustara aún más. Con el Intendente de Rivera, hoy senador, la gata subió y bajó sola, y se fue. Quizás comprendió que era pariente, pues uno de los apellidos de Tabaré Viera es Olivera Prietto.
Muchos visitantes han debido disfrutar o soportar a Calamidad, gente proveniente de diferentes lugares.
Hace poco estuvo un buen amigo, el Comisario Basilicio Berrueta, de quién seré testigo en un caso que él tiene en el Juzgado. Yo estaba trabajando en el mismo lugar que estoy ahora, y él se sentó enfrente. Berrueta tiene la costumbre de sentarse en la punta de la silla, por lo que mi gata se acostó en el resto de la silla libre. Es así que me levanté una y otra vez a sacar a Cala de detrás de Basilicio, pero ella daba una vuelta y volvía a subirse. Basilicio también tiene la costumbre de hablar y enfervorizarse, entonces cada tanto se levantaba para explicar mejor sus puntos de vista, pero cuando iba a volver a sentarse, la gata había ocupado toda la silla. No fue una, sino varias veces, hasta que Basilicio se fue, entonces ella se fue por el patio y desapareció por el barrio. Yo me reía, pero es cosa de ella, a mí Berrueta es una persona que me cae muy bien.
Hace un tiempo, el Comisario Carlos Bueno llegó a mi casa por una nota que le estaba por hacer. Vino en moto y estuvimos hablando sobre temas que a nosotros nos parecen importantes. Hablamos y vimos el lado trágico de algunas situaciones, en tanto la gata se subió a un sillón que estaba en medio de la reunión, y dormitó hasta que el amigo se fue.
De pronto Bueno volvió, había perdido la llave de su moto. La buscamos por todos lados, volvió a revisar sus bolsillos, todo, y no estaba. No estaba. En tanto la gata dormía.
Hicimos conjeturas. Fuimos hasta la esquina para ver si alguien se la hubiera sacado de la moto, pensamos que alguien lo habría seguido, sacamos más conjeturas. Era asombroso que hubiera desaparecido la llave, y la paranoia comenzaba a hacer su efecto.
Fuimos a la casa de Bueno a buscar la otra llave, y en el pandita nos empezamos a hacer la película, hasta que recibo un mensaje de Ana. La gata se había levantado y la llave, calentita, estaba debajo de ella. Nos reímos, claro, pero es jodido cuando comprobás que una gata es capaz de mostrar tus debilidades.
En tanto escribo, está allí encima de Acción Informativa, casi a mis pies, zorra, no gata. Creo que sabe que acabo de sacarle una foto y estoy escribiendo sobre ella. Por suerte no es Calamidad la que escribe las notas del semanario, sino les aseguro, que lo ácido sería aún peor.

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