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lunes, 7 de marzo de 2011

Nº 296


SOMBRAS Y RENCORES
por MAOP
Tacuarembó era una taza de luces en medio de la noche… así la vi desde el volante del pandita, por la ruta 5, cuando en la madrugada del domingo volvíamos de la casa de unos amigos. Con nosotros regresaba a la ciudad otro amigo que había participado de la misma cena y de la misma extensa charla… Cada uno de nosotros, Ana María, nuestro pasajero y yo, sentíamos aún la congoja de lo conversado a pesar del regocijo que produce haber compartido un rato largo de afectos… “Hace años que no trasnochaba tanto”, nos dijo nuestro amigo… “nosotros tampoco”, pensé. La ruta 5 estaba sola.
Quien nos recibió es dueño de una casa en una chacra hacia el lado de Rivera, hombre mundano y gran anfitrión. Nos dijo: “ya no soporto el odio que hay en Tacuarembó…” y luego agregó: “cuando vamos yendo hacia la ciudad, sentimos que nos vamos acercando al odio de la gente, al rencor, a los resentimientos que se tienen las personas entre sí…”
Ninguno de los que estábamos, ni el anfitrión y su señora, o nosotros, somos eruditos como para evaluar la certidumbre de los dichos, solamente nos encontramos con una sensación difusa, dolorosa. Quizás por eso, al ver la ciudad dormida a las 4 de la mañana, desde la ruta sentí un estremecimiento. A mis ojos Tacuarembó se había convertido en un pozo oscuro con puntos de luz que parecían moverse, como si hubiera un monstruo dormido, extendido a lo largo.
Escribo esta nota porque el domingo en la mañana recibí a otro amigo en mi casa, y hablamos de lo mismo. Yo estaba semidormido, pues nos habíamos acostado como a las 5 de la mañana debido a la cena y charla que conté previamente, y mi amigo fue puntual, a las 9.
Mi visita dominguera vive en otra chacra, al costado de la ruta 5, pero hacia el lado de Montevideo. Mateando, en la mesa de mi casa, entre mis colores, hojas y dibujos (él venía a llevarse uno de ellos), en medio de la charla me dijo: “yo no sé qué pasa con Tacuarembó, pero percibo odio entre la gente”, y agregó algo así: “cuando me acerco a la ciudad me voy preocupando por lo que me voy a encontrar”.
Yo no pude menos que expresar mi asombro, porque en cuestión de pocas horas dos personas absolutamente desconocidas entre sí, de solvencia cultural y moral ambas, que viven por ruta 5 en chacras no muy pretenciosas pero tranquilas, manifestaron, y no casualmente, una sensación de percibir odios en nuestra sociedad.
Uno quisiera imaginar cuál sería el principio de todo esto, si fuera así, pero no es una tarea fácil ni para la cual estoy debidamente preparado. Sin embargo puedo observar lo que sucede en diferentes frentes por donde se mueve nuestra gente, y puedo recordarle al lector algunas cuestiones que alimentaron nuestros inicios como sociedad, que seguramente marcaron nuestro presente.
Si nos remontamos en la historia nos encontraremos con un personaje de truculenta historia, asesino despiadado que llegó a General y pudo haber sido Presidente de la República, el Goyo Jeta, José Gregorio Suárez, del que se cuentan historias tremendas cuando gobernó Tacuarembó. Fue fundador de San Gregorio en 1852, y jefe político colorado de nuestro departamento en 1854, participó de hechos como el asesinato del pueblo paraguayo en la Guerra de la Triple Alianza, en el sitio de Paysandú y el fusilamiento de Leandro Gómez, y según cuenta la familia de Venancio Flores, en el mismísimo asesinato de éste, quien fuera Presidente de la República. Este personaje, en la época que vivió en Tacuarembó, impartió justicia por mano propia, cubierta por el silencio del terror y del olvido forzado. Nuestro departamento hizo un voto de silencio para salvar el pellejo, de un tirano que despenaba gente impunemente.
Otro personaje, ya demasiado mentado, fue el Coronel Escayola, con una historia de silencio que no vamos a abundar en esta editorial, pero participó de la triste Guerra de la Triple Alianza también, fue jefe político de Tacuarembó, dueño del pueblo, asesino, tuvo un medio centenar de hijos naturales, y cuenta hasta con la muerte de sus propias mujeres, de su propia familia, y provocó otro forzado silencio que duró hasta hace poco tiempo.
Me agrega Ana María, y con razón, que hasta los descendientes de los charrúas tienen miedo a reconocerse como tales, tal vez porque Bernabé Rivera, el genocida, fue uno de los fundadores de Tacuarembó y los perseguía con sus secuaces para asesinarlos.
Pero viniendo más acá en la historia, cada muerte a lo largo del siglo XX cuya tumba fue el Tacuarembó Chico, en Paso del Bote, en el Puente Colorado o en el Parque Batlle, provocan silencios tras silencios. Nosotros podemos nombrar  varios asesinatos simbolizados por el de Víctor Hugo sin resolver jamás, del que sus sicarios y asesinos rondan aún nuestra ciudad, con testigos que bajan la cabeza y temen por sus vidas.
Muertes escalofriantes, calladas, silenciadas, como la de un joven preso que murió violentamente en una salida transitoria, apareciendo luego en el Tacuarembó Chico, cuando estaba a punto de salir en libertad y se iba a llevar con él a la hija de un empresario local.
En Tacuarembó no es costumbre investigar casos que están contra el poder instituido, ni contra poderosos. Es más fácil condenar a un desgraciado que ha robado alguna oveja, o un pasacasetes, o a un porrero que lo encuentran con algunos pocos gramos de marihuana en algún infructuoso viaje a Rivera, o con alguna maceta con cannabis.
Son conocidas las luchas internas en la policía entre bandos que pugnan por el poder dentro del instituto local, quizás para estar al frente con la mano extendida para recibir los favores de empresarios corruptos, y muy pocos (que por suerte quedan algunos) para preservar la decencia.
Seguramente los odios se alimentan en la lucha por el poder, nacidos de las disputas políticas. Pero también en el uso del poder político para negocios ilícitos, y la consecuente tarea de acallar al que algo sabe.
No hay partido político de Tacuarembó que pueda decir que no tiene rencores internos, y no hay sector de nuestra sociedad que pueda decir que el silencio impuesto no ha alimentado odios clandestinos.
En todos los campos hay héroes que tienen pasados tenebrosos, y en nuestro pueblo cortan cintas gente que ha tomado el poder como herramienta para engrosar su erario.
Existe un pueblo que observa y no se mete. Gente mansa que toma mate en la puerta de su casa, hombres y mujeres de la cultura que piensan y que finalmente se van, personas que no consiguen acomodo y luchan contra un poder oculto, que mueve hilos invisibles. Gente buena que al final vive para sí, y claudica en luchas solitarias e infructuosas.
En tanto los caballeros poderosos se aúnan en la oscuridad defendiendo sus propios intereses, sus logros económicos y sus privilegios, en el pueblo el silencio, el miedo y la complicidad, han creado un clima donde la cultura ha decrecido, los valores ciudadanos se van perdiendo, en la medida que los líderes le ponen precio a la vida y al silencio.
El Goyo Jeta, el coronel Escayola, los asesinatos de Paso del Bote, el asesinato de Víctor Hugo, componen un Tacuarembó cual si fuera una casa llena de fantasmas, de gente asesinada en la misma casa.
Como herencia maldita, los gritos de los muertos por el Goyo Jeta degollados a mansalva en Paso del Bote, aún resuenan por las calles de nuestro pueblo, mal acostumbrando a la gente a respetar demasiado a los caudillos corruptos, a la prepotencia, y a la imposibilidad de enfrentar el poder que somete.


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