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jueves, 3 de febrero de 2011

Nº 293

Editorial:

40 años del Frente Amplio


En el año 1971, con 16 años, me fui a Montevideo a la Escuela Nacional de Bellas Artes. Recuerdo que un día al regresar de los interminables veraneos en carpa en barra de amigos de San Gregorio (con el Patón, Carlitos (mi cuñado), Mangangá, Polaco, Toño y tantos otros), mi madre me esperaba con la propuesta de estudiar arte y progresar en mis cualidades plásticas. No dudé y me fui, aunque el tiempo me ha hecho preguntar, una y otra vez, si fuimos conscientes realmente de la época difícil en la que partí a la capital, siendo tan jovencito.
La Casa Tacuarembó, la antigua, en 8 de Octubre casi Garibaldi, en cuyo edificio ahora está el Ministerio de Defensa, fue mi hogar durante poco más de un año, hasta que Pedro María Chiesa, anticomunista y hombre de derecha, intendente de la época, echó a 27 estudiantes que éramos de izquierda, a principios del 72. A mí me dijeron que en Tacuarembó no necesitaban artistas, a pesar de que yo tenía el cien por ciento de escolaridad, así que tuvimos que irnos para pensiones estudiantiles.
Montevideo era un borbollón de ideas y conflictos, y la Casa Tacuarembó no quedaba al margen de aquellas corrientes de pensamiento, en un país que estaba decantando un largo proceso de acumulación de fuerzas progresistas.
Para mí, demasiado joven pero con ímpetu, supe acompañar al gaucho Pacheco, como a otros compañeros mayores de la Casa (yo era el benjamín), en alguna manifestación por 18 de Julio reivindicando la autonomía universitaria, en contra de la ley de educación de Sanguinetti que se venía gestando, u otros reclamos provocados en el gobierno de Pacheco Areco. De esas veces, jamás olvidaré que corríamos calle abajo desde la explanada municipal de Montevideo con un flaco melenudo (yo también lo era), pues nos habían tirado gases lacrimógenos, y cuando nos miramos, nos reconocimos. A mi lado corría Eduardo Darnauchans. Nos detuvimos en una puerta, pues las calles estaban cerradas por los milicos, esperando que nos vieran, pero de pronto la puerta se abrió y una señora nos hizo entrar, nos sugirió que nos mojáramos el pelo, que nos peináramos, y con raya en el costado, prolijos y de pelo húmedo por debajo de la campera, pasamos al lado de las chanchitas como si nosotros nada tuviéramos que ver.
Cuando llegué a Montevideo, la fecha de la creación del Frente Amplio (5 de febrero) ya había pasado, pero el 26 de marzo de 1971 ya estaba en Bellas Artes, así que con Daniel Gadola, Dilo Escayola, Enrique Reyes, Miguel Franchi, y un montón de compañeros de la Casa Tacuarembó, nos fuimos caminando hasta la explanada, al primer acto público del Frente Amplio, en el que vi por primera vez a Líber Seregni.
Jamás había visto un acto de esa magnitud, y recuerdo imágenes, el estrado, la gente y las lágrimas de todos. Repasando el discurso, luego de tantos años, Seregni marcó ese día el camino de la izquierda uruguaya, reafirmando que el Frente Amplio era el heredero de la identidad artiguista, y que en su programa era prioritaria la reforma agraria, nacionalizar el comercio exterior, nacionalizar la banca, la autodeterminación y no intervención, el antiimperialismo, la lucha con las oligarquías y el camino de la integración de América Latina. Y dejó claro aquel día que “la revolución la hacen los pueblos” y que “un pueblo unido jamás será vencido”.
En aquel irrepetible momento sentíamos que estábamos haciendo la revolución, y que el discurso de Seregni marcando aquellos principios, serían nuestros principios para siempre.
En el acto constitutivo del Frente Amplio, el 5 de febrero de 1971, las fuerzas políticas que se adhirieron fueron los partidos Socialista, Comunista, Demócrata Cristiano, sectores provenientes de blancos y colorados, como los movimientos liderados por Francisco Rodríguez Camusso o Enrique Erro por los blancos, y Zelmar Michelini y Alba Roballo por los colorados. También se sumaron ciudadanos no sectorizados, como el propio Seregni, o el tacuaremboense Gral. Víctor Manuel Licandro.
Cuando se mira para atrás y ya ve que de aquel muchacho de 16 ahora soy este veterano de 56 años, que han pasado 40 años, entiendo que el mundo globalmente no ha cambiado demasiado, que los intereses imperialistas son los mismos, aunque más sofisticados, y que la expoliación de los recursos naturales ahora es de multinacionales promovidas por grupos de países (los mismos de aquellas épocas) que las protegen a través de artilugios legales trasnacionales.
Sí ha sucedido que muchos frenteamplistas olvidaron el discurso de Seregni, y los programas de la fuerza de izquierda desde sus comienzos. Quizás se acostumbraron al consumo, a la globalización, a tratar de conseguir trabajos en el Estado, o simplemente han ampliado la diversidad ideológica del Frente, pues para pasar del 18% de votos de 1971 al 50% del 2010, seguramente hasta fuerzas social demócratas o de centro y centro derecha se debieron incluir. Es decir que de aquella fuerza de lucha, de masas, de ideología, de revolución, hoy queda la gente, muchos de los que vivimos aquellas épocas, y otros, que ingresaron para encontrar cambios en el país.
En todo el mundo las fuerzas de izquierda que ganan elecciones deben virar su discurso, o abandonar viejas premisas revolucionarias, para ser “aceptados” en el concierto internacional (si nos referimos a la Banca Mundial, etc.…)
Sin embargo aún viven y piensan personas que desean regresar a los viejos discursos, pues nadie puede ser tan burro (utilizando el lenguaje presidencial de moda), para creer que en 40 años las cosas han cambiado tanto como para hoy asegurar que ya no se necesita una fuerza ideológica firme y combativa, o que el Frente Amplio debería ser apenas otro partido tradicional que gana cada 5 años en las urnas, y que los discursos pseudo revolucionarios son solamente palabras.
Los tiempos podrán seguir trayendo nuevas tecnologías, las personas quizás piensen en otras cosas y tengan otros patrones de vida, sin embargo la explotación del hombre por el hombre persiste, como ocurrió hace dos siglos y como ocurrirá dentro de dos siglos.
Seguramente aquellos muchachos que éramos, y aquellos líderes, muchos de ellos ya muertos, que nos guiaron, creímos aquel 5 de febrero, y luego aquel 26 de marzo, que la utopía era un final feliz. No imaginamos tanta muerte, tanta tortura, tanta violencia que podrían desatar las ansias de libertad de todo un pueblo, provocadas por fuerzas oscuras que aún muestran su aliento.
Haber ganado dos elecciones no significó haber triunfado. Apenas fueron un par de pasos, pues en realidad entiendo que abandonar aquellos principios expresados por Seregni, es abandonar los muertos de estos 40 años, y sentir que todo da igual. Es como creer que ahora las multinacionales son buenas, que es notable ser amigo del Imperio, y que los pobres que aún sufren las consecuencias de la opresión son apenas el precio del desgano.
La revolución aún pervive, y seguramente algún día se retomará realmente el ideario artiguista para que “los más infelices, sean los más privilegiados”.
  

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