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jueves, 9 de diciembre de 2010

Nº 287

Semanario Nº 287
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EDITORIAL

Plantar un árbol…

Más de un año gastando más nafta de la necesaria no es muy gracioso, aunque tuvimos, Ana y yo, al fin un respiro, cuando resolvimos cambiar el “kit” del carburador (punzón, flotador, etc…). Santo remedio, diría mi madre, pues de pronto la agujita del combustible quedó quietita y el consumo se volvió normal, y el ánimo de uno, que cuando maneja mira el medidor, también.
Para quienes tienen un auto viejo, o mañero, como nuestro pandita, sabe que al paso de los años uno podría comprar varios autos como el que se tiene, si sumara lo que queda en el taller mecánico.
De todas formas, de tantas vueltas que dimos arreglando una cosa y otra, finalmente arreglar el carburador era lo que se debió hacer, hace tiempo.
Es de lo que quiero hablar en esta nota: de lo que se debe hacer.
Claro, que arreglar el pandita significa gastar y ahorrar, gastar y ahorrar, y tiene que ver con el bolsillo… ese ingenio que se inventó para los pantalones que siempre provoca tantos dolores de cabeza. Sin embargo, hacer lo que se debe hacer en las personas no tiene que ver con el carburador del pandita, sino con una cuestión casi inasible, un llamado interior, una cuestión que se prende en la conciencia de algunas personas, y provoca una angustiante necesidad.
El sábado pasado nos fuimos con Ana María por la 26 rumbo a Paysandú, para cumplir la promesa del asado con mi hija Alicia, que luego de años estudiando y trabajando, se recibió de Licenciada (suena mejor que profesora, aunque la carrera ya es universitaria) en Educación Física.
Chochos íbamos, alegres, no solo por lo de Alicia, sino porque mirábamos constantemente el medidor de combustible y disfrutábamos más con haberlo arreglado, que con el bellísimo paisaje que rodea la ruta. Mirá, mirá, ni se mueve la aguja, decía yo, y Ana María se entusiasmaba apretando el acelerador del pandita, que surcaba raudo la ruta remendada (nobleza obliga: han estado trabajando en serio en la 26, por suerte, en el último mes)
Fue pasando el empalme con Tambores que volví a ver los cerros, y encima de muchos de ellos, un árbol solo. Allá un tala, luego un eucalipto, y otros que en la distancia no distinguía. Fue por ahí, después del Queguay en su primer cruce con la 26 yendo desde Tacuarembó, que empezaron a aparecer, soberbios, altos, firmes de todos los vientos, sopesando siempre las distancias y los horizontes.
Pasamos luego por Puntas del Queguay donde había pocos árboles y pocas casas… ya estábamos encima de la Cuchilla de Haedo. Luego cruzamos por Cañada de los Juncos, por un puentecito con un poco de agua debajo, pocos kilómetros después del Queguay.
Ana me mostró el cambio del paisaje, los cerros que se vuelven mesetas, campos con chircas, vacas, ñandúes, ovejas, y campo, mucho campo. Por la recta de Cunha vimos pequeños lagos, más chicos que hace un tiempo, y el arroz en lo de Marella.
Más allá la Cañada de los Mimbres, por Corrales. Los camiones seguían pasando, y un hornero encima de su casa de barro, y ésta encima de una señal del tránsito carretero. En el arroyo Corrales el monte verdoso se abría hacia ambos lados. Los ñandúes abrían sus plumas para que el viento los refrescara del calor. Encima un águila planeaba majestuosa, como un dios en su comarca.
Por allá los árboles solos, encima de los cerros; estábamos en Corrales de Paysandú. Encima de cada cerro, un árbol reina junto a las águilas. Pasamos por la escuela de Paso Castell, donde el paisaje eran cerros recortados, piedras sueltas, pastos peludeando en el basalto.
A pocos kilómetros de la escuela, en una bajada de la ruta, veíamos desde el pandita cinco cerros con su árbol respectivo. Muchos eran eucaliptos blancos, los de hoja redonda aclaraba Ana.
Por toda esa zona, entrando desde la ruta, o por los caminos internos entre las estancias, encima de muchos cerros hay un árbol plantado. No está porque sí, ni por una cuestión divina o porque la suerte haya sido su causa, sino porque hace muchos años un hombre que trabajó en una estancia del lugar, don Cilindro González, en sus ratos libres salía al tranco de su matungo a plantarlos encima de cada cerro.
Uno de los patrones habló conmigo y negó que hubiera sido Cilindro González, o Gonzálvez o Goncálvez, quien se hubiera tomado el trabajo de plantarlos. Me habló muy bien de su empleado, un pardo de mediana altura, muerto ya hace muchos años. Nos dijo que había sido un verdadero baqueano, que lo mismo hacía una casa de piedras a la perfección, como era un experto alambrador, o que no le erraba una lazada en la yerra, pero dijo que eran tonterías esas historias.
Sin embargo, sus amigos y gente pobre de Tambores, aseguran fehacientemente que fue don Cilindro, hombre pulcro en todo el sentido de la palabra, casado, excelente persona y lleno de historias de vida, quien contaba de sus andanzas por los cerros. Algunos lo vieron y son testigos.
No debe ser fácil aceptar que un empleado ha trascendido más que su propio empleador, sobre todo tratándose de peones de estancia. Pero uno termina convenciéndose que realmente fue González quien por algún convencimiento personal se sintió motivado, vaya a saber por qué, a plantar un árbol en las mesetas de los cerros, allí donde la piedra y las víboras ganan el suelo, y las águilas reinan.
Hace unos 40 o 50 años que los árboles fueron plantados, y allí están todavía como dueños de los cerros trascendiendo la vida don Cilindro, un simple peón que en una bellísima praxis, tuvo la impronta de los filósofos que intentaron interpretar la continuidad de la vida y su significado.
El asado estuvo bueno y disfrutamos con Alicia su último examen. Mi hija deberá completar su ciclo y ahora tiene una herramienta más para sus realizaciones personales, es joven, seguramente lo hará.
Al regreso, que me tocaba la manejada del pandita y Ana cebaba mate, pensaba seriamente en que don Cilindro, cuando veíamos nuevamente sus árboles, había completado y trascendido su ciclo de vida sin haberlo buscado, y quizás, sin haberlo comprendido.
Lo mejor de los hombres es cuando hacen algo importante, como regalarnos esos árboles imponentes encima de los cerros de Corrales, sin que nadie se los pida, y sin pretender ningún reconocimiento. Quienes lean esta nota comprenderán cuando pasen por la 26 y encima de cada cerro vean a don Cilindro, de rama firme y fuerte, oteando vivo el horizonte, habiéndonos dejado tanto, sin que él mismo se hubiera dado cuenta.

Por MAOP.

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